Pilar Crespo y Asier Andrés

Azacualpilla

De todos los pueblos dominados por la cultura narco que hemos visto, este es sin duda el más descarado, nuestro favorito.

A Azacualpilla llegamos una tarde después de dejar atrás el cruce para San Pedro Sula y adentrarnos en el Occidente de Honduras, tierra de ceibas y grandes llanuras y, de vez en cuando, cerros ondulados de fulgor verde. Azacualpilla se salía de nuestra ruta, pero decidimos desviarnos para evitar quedarnos en medio de la nada al caer la noche. Casi nadie llegaría a Azucualpilla por casualidad. Solamente alguien que quisiese cruzar las montañas que separan Izabal, en Guatemala, de Honduras, evitando los pasos fronterizos oficiales. Alguien, por ejemplo, que formase parte de alguna organización local al servicio de algún cartel mexicano. Ese tipo de personas que conducen Hummers amarillos y construyen en sus casas columnas corintias de falso mármol. O ellos, o nosotros, que entramos en Azacualpilla una tarde con los ojos como platos. El pueblo es muy pequeño, y a él llega una carretera asfaltada hace quizás 25 años y que nunca más volvió a ser reparada. Comenzamos a ver los carros de lujo y altos muros resguardando mansiones que a penas podíamos intuir. Algunas, incluso, con cámaras de seguridad. En la cima de un pequeño cerro vimos una enorme casa anaranjada a la que se accedía por una gran escalinata que salvaba todo el desnivel. En el pueblo se sucedían las ferreterías,  las talabarterías, y los hoteles con piscina. Si a alguien se le ocurriese diseñar un centro comercial para narcos de pueblo, este tendría que incluir una zona para pasear a caballo, muchas chicas en bikini al borde de una piscina, y por su puesto, una ferretería tras otra. Por lo demás, Azacualpilla era simplemente un lugar común, quizás un poco más polvoriento de lo normal, pero un pueblo pobre hondureño más. Alguien nos preguntó a dónde íbamos. Le dijimos que íbamos para Guatemala pasando por Copán Ruinas, y que nos habíamos desviado para pasar la noche. Señalando al horizonte, el hombre nos informó que la forma más rápida de llegar a Guatemala era cruzando la montañas. Dijo que al otro lado estaba Izabal, y que aquí la gente siempre cruzaba a Guatemala  por las montañas.


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