Calles inundadas de fruta fresca, comerciantes hiperactivos, perros desnutridos, canastos rebosantes de verduras, niños jugando al fútbol, trabajadoras del sexo y uno que otro borracho intentando entonar una canción. Las imágenes del bar con la música que revienta, las mujeres sentadas frente al motel, el proxeneta detrás de la barra del bar donde se juega billar y el olor a carne asada, llegan a mí como si estuviera de nuevo recorriéndola.
La Terminal es un lugar de comercio informal donde fluye la venta de frutas, verduras, abarrotes, plásticos y sexo. Está saturado de gente que encuentra allí una oportunidad para sobrevivir el día a día.
Trabajé en una fundación que se dedica a la prevención, detección y atención de las personas viviendo con VIH, ubicada en La Terminal. Salir a la calle a trabajar era peligroso, pero no había otra opción.
A pesar del caos tan propio del vecindario y de las miradas lascivas del sexo opuesto, no recuerdo haber tenido miedo. Las mujeres que se dedicaban al comercio sexual, con quienes trabajábamos, cumplían la misión de hacernos sentir protegidos, pero más que eso, éramos bienvenidos.
Mis compañeros de trabajo y yo pasábamos los días caminando entre la muchedumbre. Nuestra finalidad era encontrar algún bar con mujeres con las que pudiéramos hablar. La sonrisa de las mujeres, las miradas desconfiadas de los clientes y un olor inconfundible a cigarro, cloro y licor nos daban la bienvenida. Nos sentábamos en la barra o en alguna banca vieja a platicar con las señoras, hasta que algún cliente llegaba e interrumpía la conversación. En cada una de ellas descubríamos una nueva historia, del pasado, de la infancia, de la pobreza, de la alegría o de la injusticia.
La mayoría de ellas llegaba siendo víctimas de trata sexual y luego, sin encontrar salida u oportunidad, permanecían allí. En esos espacios tan impregnados de pobreza, se encuentran bares, burdeles y pensiones donde establecen su hogar, trabajan, dan a luz y crían a sus hijos.
Cientos de familias dependen de ese espacio físico, hoy reducido a escombros, para subsistir. Sin embargo, en mi parecer, el fuego viene desde antes. Sí, en un vecindario donde prevalece la violencia, la extorsión, los abusos de autoridad, las condiciones infrahumanas para trabajar y, peor aún, para vivir. Hace muchos años que La Terminal fue olvidada, y más que una oportunidad para hacer campaña de gobierno en camisetas anaranjadas, debería de implicar el paso para atender a mujeres, hombres y niños que a diario se enfrentan con el gran reto de sobrevivir.
Las llamas acabaron con gran parte de las instalaciones del mercado. He pensado en ir, regresar a sus calles y a lo que queda de ellas. Pero no lo he hecho, no sé si es por comodidad o por ese miedo a reconocerla.









