Juan José Guerrero

Portillo: ¿Caso concluido?

Yo creo que no. En Guatemala aún existen dudas en cuanto si hay algo pendiente con la justicia, y Francia —tal parece—, quiere echarle el guante. Allá no son tan benevolentes. Mas, aristas hay que no han sido contempladas.

Su extradición fue alevosa. Cierto. Baste leer las declaraciones de los médicos que lo tenían a su cargo para darse cuenta de ello. Sin embargo, esas maniobras no transparentes en ningún momento menguaron ni atenúan su culpabilidad, misma que fue aceptada por él con la misma frialdad con la cual aceptó ante un medio televisivo haber matado no uno sino a dos mexicanos.

Y esa frialdad o ¿descaro?, provocará que el Caso Portillo no se cierre en una centuria porque lo trascendental no es el impacto legal sino el golpe a lo justo y lo moral. Aristas que están dejando consecuencias inimaginables en nuestros niños y jóvenes, de suyo, ya mermados en su capacidad de discernir entre el bien y el mal a causa de tanta telenovela donde el capo es el héroe y cuasi señor de cielos y tierra.

El estamento legal —bien lo sabemos— puede ser mangoneado aquí o en cualquier parte del mundo, pero las jerarquías de la justicia y la moral son inherentes a la concepción que cada cultura o incluso civilizaciones tienen de sus normas, costumbres, sentido del bien y otros valores que enmarcan las relaciones entre los seres humanos que las integran. Si al choque frontal que tenemos con la postmodernidad le sumamos las acciones de estos angelitos que acometen a diario tales categorías, ¿qué futuro les espera a patojas y patojos que identifican en ellos a un superhéroe o un modelo a seguir?

La vida de Alfonso Portillo está signada por dos verbos: Delinquir y huir. En el entretanto, ha logrado ser diputado y Presidente de la República. No ha subsistido entonces a salto de mata sino a salto de puestos que le provean inmunidad. Y esos saltos, entre otras gracias, son celebradas hoy por un sector enorme de la población.

No ha faltado quién opine: “Si juzgaron a Portillo, ¿porqué no lo hicieron o lo hacen con los Presidentes anteriores a él?” El argumento es válido por cuanto que, el poder, todo el poder, concentrado en una persona o en pocas personas sin respeto a lo legal e institucional ha sido una constante en los gobiernos de nuestro país. Ello ha provocado el sistemático bloqueo a la expresión y participación política de los pueblos. También, ha implicado la utilización de la violencia en forma descontrolada por los gobernantes y tal conducta procede desde los actos presuntamente independentistas que sólo sirvieron para fortalecer a la oligarquía criolla. Y debemos reconocer que ese poder ha indigestado a los candidatos que por voto popular han llegado a la primera magistratura. Así las cosas, habría que revisar con lupa a cada gobierno, cuando menos, a los que han mandado desde la firma de los Acuerdos de Paz al día de hoy.

¿Qué decir de los corruptores? Corrupto y corruptor pena por igual bien podría ser una variante del dicho que reza: Hechor y consentidor pena por igual. A la fecha, hay tres ex presidentes sambutidos en sendos problemas en Centroamérica: Miguel Ángel Rodríguez, de Costa Rica; Francisco Flores, de El Salvador; y Alfonso Portillo, de Guatemala. Las causas son similares. No llamemos a engaño. Sin perjuicio de nuestras relaciones internacionales, las fuentes deberían ser investigadas.

Una arista más: Los gobiernos civiles de la postguerra han quedado en deuda con la población. No dieron la estatura. Lástima grande. Se confió en ellos para nada.

Nuestro horizonte político a corto y mediano plazo da miedo. Vuelvo a mi reiterativa pregunta: ¿No es tiempo de repensar el Estado?


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