Cuando Obama anunció en octubre del año pasado su intención de intervenir en Siria, los vientos de guerra fueron disipados por la oposición de la Rusia de Putín, que se encargó de alejar la posibilidad de un ataque norteamericano sobre Bashar El Assad. Bajo el impulso del Ministerio de Relaciones Exteriores de Moscú y el Departamento de Estado, un acuerdo sobre las armas químicas del régimen sirio fue suscrito, y hasta la fecha, pese a que no se han cumplido las metas pactadas, un parte significativa de este arsenal ha sido ya destruido, mientras la carnicería continúa en Alepo y Damasco.
La reciente crisis en Ucrania nos lleva a un nuevo escenario, con los mismos protagonistas y muy parecidas sensaciones. La decisión de Putín de intervenir para mantener la estabilidad de ese país, y en defensa de sus propios intereses en la península de Crimea, han encontrado a un Obama que ante los anuncios de guerra, busca detener a los blindados rusos en el campo diplomático, conjuntamente con la Unión Europea y la ONU. El resultado de estos esfuerzos es todavía impredecible, pero mientras escribo estas líneas, una leve posibilidad de diálogo comienza a dibujarse, pese a que Rusia se niega rotundamente a reconocer al nuevo régimen ucraniano.
Mientras las potencias juegan su particular ajedrez, incluyendo tácticas de guerra psicológica que ponen nerviosos a los inversores, desploman las bolsas y asustan a los hipersensibles mercados, los beneficiarios de estas crisis son los tiranos que como el Assad o Yanunkovich, que se encuentran más cerca de ser legitimados como partes en las negociaciones que buscan poner fin a estos conflictos, antes que ser procesados ante tribunales internacionales o nacionales por sus crímenes.
En el orden instaurado al final de la Guerra Fría –de la que en Centroamérica todavía existen muchos nostálgicos–, la hegemonía de los Estados Unidos parecía asegurada. Sin embargo, este concepto ha erosionado progresivamente, hasta el punto en que Washington es solamente un actor más en estas coyunturas. Mucho tienen que ver las mismas actuaciones de la Casa Blanca, con las intervenciones en Afganistán e Iraq, el manejo de la crisis económica de 2008 que desnudó las desigualdades en la mayor democracia del mundo, así como las propias vicisitudes de las disputas partidistas internas entre republicanos y demócratas. El dominio de los Estados Unidos no es tan indiscutible, como lo hace patente la Rusia campeona de los juegos de Sochi. Y la confrontación no tiene esta vez los matices ideológicos comunismo y capitalismo.
Algo semejante sucede en América Latina, región en la cual Obama no ha cosechado amigos durante sus dos administraciones. Inclusive países que se ubican en el extremo opuesto de la revolución bolivariana, desafían los dictados de la política exterior de Washington. Ejercer el poder ya no es lo que era. A todo esto, China anunció ayer el aumento de su gasto militar, en proporciones que hacen pensar en que busca acompañar su crecimiento económico de una potencia militar acorde. El eje estratégico se desplaza lentamente









