La tinta se ha difuminado de la cara posterior de la foto. Al transcribir estas líneas me doy cuenta de que tengo una caligrafía bastante parecida a la de mi padre, aunque la de él es más pequeña y más cuidada. La foto está marcada con un número tres, lo que significa que en la carta incluyó, al menos, otras dos fotografías, con su correspondiente leyenda en la cara de atrás. Recuerdo los sobres de correo aéreo, con su cenefa de rayas rojas y azules, y esos pliegos en los que nos escribía, una especie de papel cebolla que hacía que las cartas pesaran menos y el viaje transoceánico resultara más barato. Creo que mi madre todavía guarda esas cartas en el primer cajón de su mesilla de noche. Tres meses después de recibir esta foto del lago Yojoa, hace veintitrés años, fuimos nosotros -mi madre y mis hermanos- quienes cruzamos el Atlántico. Fue la primera vez que estuve en Honduras. Esta es la segunda. Hoy me gustaría hablar con él, decirle que en verdad el lago es mucho más pequeño de lo que él pensaba, y preguntarle si este país es muy diferente al que él conoció en 1990. Sería estupendo poder hacerlo, aunque acabáramos peleando, como de costumbre. O puede que no, que Honduras sea una de esas pocas y preciosas cosas en las que coincidíamos, como el gusto de escribir con pluma estilográfica, o la impaciencia a la hora de esperar a que la tinta se seque.










