Carmen Ortiz

Com-pasión

Compasión significa “sentir juntos”: cum (junto), passio (sentir), con lo cual el requisito fundamental para poder sentir con otro es convivir, hacerse consciente de las distintas realidades que nos rodean y compararlas con la propia situación.

Preocuparse genuinamente por los demás se ha convertido en una rareza humana, en una tarea para héroes, izquierdosos o santos. Se cree que aludir a sentimientos y valores morales es anacrónico, o un signo de debilidad.

Otra limitación es pensar que la compasión es un sentimiento reservado exclusivamente para el indigente, el más desposeído, cuando la primera escuela de práctica es la familia. Es en este pequeño círculo donde además de enseñar a los niños y jóvenes lo que está bien y lo que está mal, debe entrenárseles para asumir compromisos, para hacer renuncias en función de aquello que consideran valioso. Renunciar a ir al cine por cuidar a un abuelo, renunciar a una tarde de fiesta por ayudar a mamá o, a un merecido descanso por asistir a un enfermo. De ahí que no haya tiempo definido para ser compasivo. Cada día es una invitación a reconocer que nadie puede ser auténtico individuo sin contar con el otro.

De esta inclinación a unirse a los demás nace la solidaridad. Una sociedad que no forma a sus habitantes en la ética de la compasión, es una sociedad fracasada y ningún slogan, invitación o consigna política logrará motivar la experiencia de un valor desconocido.

Claro, es una tarea titánica esa de enseñar a renunciar y sacrificarse en la época del individualismo exacerbado, del amor líquido de Bauman donde todo es relativo, reversible y provisional. Quizás sea por ello que nos conformamos con simulaciones de compasión: se enseña a los niños a desprenderse del juguete viejo en Navidad para dárselo al pobre; la ropa usada es lo primero que abarrota los centros de acopio para daminificados por las lluvias; la gente compra hamburguesas para ayudar a los niños con cáncer y se organizan conciertos para reunir fondos contra el hambre.

Lo que debería ser un sentimiento incondicional y sincero se convierte en un sistema de trueques, donde se intercambian cosas por bendiciones e indulgencias, o placeres por limosnas.

Los altos índices de pobreza, inequidad, violencia y daño ambiental que padecen nuestras sociedades, son resultado de estas deficiencias de origen, de ahí que ni la ley ni las políticas públicas sean eficientes antídotos para superarlos. Funcionan solo como electroshocks reanimando un deficiente un corazón.

La clave está en rescatar la ética de la compasión y unirla a la ternura. Esta “maternalización de la sociedad” ,como han dado en llamarla algunos, debe producir seres humanos aptos para sentir, pero no solo como quien llora cuando lee el Diario de Schindler, sino especialmente capaces de dirigir sus actos a quien sufre para aliviarlo, consolarlo, protegerlo y cuidarlo.

La compasión, es semilla del cambio. ¡Felices fiestas!


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