Christian Kroll

Semáforo

El semáforo en rojo. La ventana del carro entreabierta.

Un niño, la mirada perdida, levanta la mano con la inercia universal de la miseria, el lenguaje de la marginalidad absoluta, el agujero negro del neoliberalismo. El hombre, generalmente es un hombre, lo intenta apartar de su muralla con la mirada.

La indiferencia es mutua. Uno condenado al hambre, a la miseria, a la muerte certera y pronta que no puede evitar desear. El otro a no entender, a no querer entenderlo, a verlo como ajeno, como irreal. Uno que no es realmente uno, ni cero; que es menos uno. El otro que se sabe más que uno.

Y no es la ventana lo que los separa.

Tampoco lo es la moneda que va, a veces, de una mano a otra.

Son dos velocidades, dos temporalidades ya irreconciliables.

El semáforo cambia a verde.

El niño espera para repetir la misma rutina, el mismo gesto. Pero la inercia nunca es la misma, más bien aumenta con cada luz roja, con cada indiferencia, con cada moneda: una inercia inversamente exponencial cuyo límite (inalcanzable) es el abismo.

El hombre se pierde en el horizonte de la avenida. Las lucecitas de colores en el árbol le sacan una sonrisa, se acuerda de su familia. Va a la inauguración de un nuevo restaurante o galería; quizás a un convivio. O a lo mejor a casa, donde quizás se siente en su sillón de cuero, los volcanes delineados en el ventanal, a leer a La virgen de los sicarios, El rey de la Habana o El leproso—la marginalidad impresa es siempre más sanitaria, más higiénica, menos incómoda y ajena—mientras el niño, el de carne y hueso, ya olvidado, sigue levantando y levantando la mano en el intersticio entre un verde y el siguiente.

Es ese intersticio lo que realmente los separa. Ese intersticio que para menos-uno lo es todo y todo lo que tiene, y para más-uno una incómoda espera que pronto olvidará, que, quizás, tan solo retrase momentáneamente sus planes, su futuro: el futuro. El intersticio hecho de rojos y verdes…

Como los colores de diciembre. 


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