Este país, el pequeño jaguar de América latina, uno de las sociedades más conservadoras de la región según pontifica la cátedra liberal, una de las economías más desiguales del mundo, una de las economías latinoamericanas más reacias a la incorporación de las mujeres al trabajo según la perorata habitual que se escucha en los foros internacionales, va a derecho ahora a elegir, entre dos mujeres, a quien encabezará el gobierno durante el mandato 2014-2018. ¿En cuántos países, supuestamente mucho más liberados, liberales y tolerantes que éste, ha ocurrido algo así?
Las protagonistas de la elección son mujeres que se parecen y también se diferencian mucho. Las dos tienen sangre de la vieja Europa. Las dos son blancas y rubias, lo cual puede ser un tanto incómodo para muestra renovada conciencia étnica. Las dos son hijas de altos oficiales de la Fuerza Aérea, lo cual tampoco es un bálsamo para nuestra civilidad. A las dos el golpe militar de 1973 les cambió la vida. Michelle Bachelet es dos años mayor y aparentemente menos intensa y más relajada que Evelyn Matthei. Pero las dos son muy femeninas y emocionales.
Bachelet tiene más trayectoria, ya estuvo en La Moneda y dirigió en los últimos años la ONU Mujeres. En Chile hizo un gobierno razonablemente bueno, aunque en muchos planos se durmió en sus laureles. Entregó un país algo más equitativo que el que recibió (hizo una gran reforma al sistema de pensiones), pero bajo su mandato creció el desempleo en la economía y la inoperancia del aparato público, como lo demostró el descalabro del Transantiago, una modernización del transporte público en la capital que le terminó costando al Estado chileno miles de millones de dólares y a los santiaguinos diarias incomodidades y humillaciones.
Evelyn Matthei fue primero diputada, luego senadora y por unos dos años, ministra del Trabajo. Mujer inteligente y autónoma, entró a la política a través de Renovación Nacional, en principio el más liberal de los dos partidos chilenos de derecha, pero a raíz de un sórdido episodio de espionajes, deslealtades, mentiras, ambiciones, despechos y rencores, ocurrido en 1993, terminó militando en el partido ortodoxo, la UDI, sin haber renunciado por eso a sus convicciones liberales.
Todo había comenzado cuando ella acarició ese año la idea de una candidatura presidencial. El problema es que Sebastián Piñera estaba acariciando lo mismo. La pugna se zanjó con bajezas que hoy las partes prefieren olvidar. Incluso las cicatrices han ido desapareciendo. Así es la política y lo que queda es que, a diferencia de muchos de sus correligionarios, Matthei aprueba el aborto terapéutico, un estatuto civil para las parejas homosexuales y también la píldora del día después.
Allí donde Michelle Bachelet es un ícono del Chile golpeado y resilente, Evelyn Matthei es un modelo de independencia y energía. Bachelet es hija de un general de convicciones socialistas que encabezó la Junta de Abastecimientos y Precios durante la Unidad Popular (el corazón del aparato de distribución y control estatal de los alimentos) y que falleció de un ataque cardiaco en la cárcel en los primeros meses de la dictadura. Tras algunas actividades políticas en la clandestinidad, Michelle Bachelet salió con su madre y con sus estudios de medicina inconclusos al exilio y terminó en la RDA, el más rígido y policial de los socialismos reales de la órbita soviética. Su biografía anota un fracaso matrimonial, una relación sentimental con un activista del FPMR que, luego de ser detenido, terminó delatando a muchos de sus compañeros y tres hijos que ella sacó adelante con su propio esfuerzo.
La historia de Evelyn Matthei es menos dura porque su padre llegó a ser miembro de la Junta Militar de gobierno, porque como estudiante destacó desde temprano, porque logró una beca para estudiar Economía en la Universidad Católica, porque ha tenido un solo matrimonio (con el economista Jorge Desormeaux), y porque recién egresada entró a trabajar a una empresa de Sebastián Piñera. Pero nada de esto le fue regalado. Formada en una matriz luterana y meritocrática, que está lejos de identificarse con el núcleo duro de la elite tradicional chilena, a su modo ella también es hija del rigor. No en vano destacó en los estudios y logró hacerse respetar en contextos donde el machismo crónico de la derecha chilena no tenía contrapesos .
Allí donde Bachelet es simpática, divertida y tan acogedora como desconfiada, Evelyn Matthei puede ser emocionalmente más intensa y también más seductora. Sin embargo lo más probable es que sea en la arena de la confianza donde se decidirá el partido de fondo que las enfrentará en noviembre próximo. De cara a esa elección, Bachelet parte con ventajas muy holgadas. La ex presidenta no solo es una figura política confiable sino también muy querida por la opinión pública. Pero la sociedad chilena se ha vuelto tan impredecible y contradictoria que cualquier cosa puede pasar.
¿Quien entiende a este país? Así como en la última elección municipal votó muy poca gente, en las primarias terminó votando un contingente cuatro veces mayor que el esperado. Al gobierno de Piñera le ha ido excelente en gestión pero bastante mal en términos de percepciones. Y aunque Chile está más rico que nunca, pocas veces hubo tantos indignados como ahora en las calles. Decir que todo esto es producto de la irrupción de una nueva clase media en el escenario político, mucho más exigente y empoderada, es una clave para comenzar a entender estas contradicciones. Pero no es una explicación.
Si hay alguien que podría dar gobernabilidad al país, quien está en mejores condiciones de hacerlo según las encuestas es Michelle Bachelet. Pero su historial político dice que ella contuvo poco mientras estuvo en La Moneda. Durante su período la Concertación se fragmentó más y la sociedad civil se volvió más autónoma. La esperanza es que esa experiencia le haya servido y que ahora lo pueda hacer mejor.
Como promesa de un nuevo gobierno de la derecha, Evelyn Matthei tiene empuje y carisma. La duda es si va a tener también los votos. Y, de tenerlos, si va a tener más sintonía fina política que Piñera para manejar un buque llamado a navegar por aguas cada vez más procelosas, amenazantes y difíciles.
* Publicado en Confidencial, 1 de agosto.









