Iduvina Hernández

Usted, General, ya no estará libre

Usted, General, no caminará más en silencio ni entre las sombras. Usted, General, no estará más en silencio. Usted, General, no estará nunca más solitario. Usted, General, llevará a donde vaya un documento sobre sus espaldas.

Sí, usted, el que gobernó destinos y destruyó vidas en los dieciséis meses y días en los que ejerció el poder. Usted, el que fungió como jefe de Estado y jefe militar, ha sido condenado en primera instancia por actos de genocidio contra el pueblo ixil.

Ya sabemos lo que pretende alegar. Que el juicio ha sido anulado; falso. Que la sentencia ha sido borrada; falso. Que se le violentó el debido proceso; falso. Que el tribunal estaba parcializado en contra suya; falso. Que usted solo ponía medallitas y firmaba nombramientos; falso.

Para usted no hubo absolución en el tribunal de primera instancia. La presunción de inocencia en su caso, fue plenamente quebrantada. Los testimonios, las pruebas documentales, los peritajes, incluidos los de descargo, pusieron de relieve las responsabilidades que se le atribuyeron en la acusación. De allí que no quedara duda sobre la culpabilidad suya, como jefe de Estado, de los crímenes de genocidio y lesa humanidad contra el pueblo ixil.

La maquinaria de impunidad, aceitada desde las estructuras de la inequidad y el racismo, fueron lanzadas al ruedo por su equipo de defensores. Un grupo de abogados que no fue capaz de responder profesionalmente a las acusaciones. Un grupo que, a partir de las redes de colusión del sistema de desigualdades, consiguió que tres jueces el tribunal constitucional prostituyeran la aplicación de justicia. A tal extremo que vistieron a la Corte de Constitucionalidad con el antifaz de los Tribunales de Fuero Especial. Triste mérito le cabrá hacia futuro a quienes empujaron la resolución de la vergüenza que, al presuntamente beneficiarle a usted, abre la puerta para toda suerte de criminales defendidos por sus abogados.

Sin embargo, pese a su maquinaria aceitada y funcionando como en los mejores tiempos de la dictadura que usted condujo, las maniobras no tendrán efecto sobre lo acontecido. Es decir, usted, General, fue sentenciado por genocidio. Está escrito, palabra por palabra, testimonio por testimonio, en ese documento que pesará con todas sus letras sobre la espalda suya y de sus patrocinadores.

Ya no estará libre, General, porque a donde quiera que vaya le seguirá ese documento con sus 718 páginas en el cual se afirma, con valentía, con independencia, con profunda convicción humana que usted, su alto mando y sus tropas cometieron genocidio contra el pueblo ixil.

Si la ideología racista, ultraconservadora, inequitativa, expoliadora y eternamente esclavista que ha dominado por la fuerza le hace pensar que está libre, se equivoca. Usted, General, y lo que representa no podrá quitarse jamás los audífonos que le hicieron escuchar los testimonios de barbarie contra las comunidades y de abuso y esclavitud sexual contra las mujeres. No podrá borrar de su memoria el sólido y contundente sonido del martillazo de conclusión del juicio y de lectura de la sentencia condenatoria.

Usted, General, al derrame de sangre indígena que deja con cada paso, ha sumado desde un histórico diez de mayo, el eco de la culpabilidad comprobada. Al inicio del debate, General, quedó enganchado con los hechos. El día de la sentencia quedó encerrado entre las cámaras, los focos, los flashes, las grabadoras. Desde el momento en el cual cometió los hechos probados en la Corte y hasta la eternidad, usted General, ha quedado prisionero de la historia.


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