Pilar Crespo y Asier Andrés

Léon

De León, las calles antiguas.

De sus calles, las esquinas, redondas y elevadas como atalayas.

De sus esquinas, las enormes casas, con puertas a la avenida, a la calle, y a la intersección entre ambas.

De sus casas, los amplios zaguanes, abiertos hacia el patio de adentro, y hacia la ciudad de afuera.

De sus zaguanes, las mecedoras de madera, oscilantes sobre el piso de azulejo gris y rojo.

De las mecedoras, la señora, el abuelo, esperando el frescor de la tarde.

De la tarde, la luz que tiñe de ámbar la catedral en la plaza.

De la plaza, las letras grabadas sobre el muro de la Alcaldía, que presumen de que León fue la primera capital de la revolución, la primera ciudad de la Nicaragua libre.

De las letras, las de Rubén Darío, que siempre volvió a esta ciudad.

Esta ciudad, que tiene cosas normales como una fuente con un grifo en el parque donde se puede beber agua. Será por cosas como esas, -además de zaguanes, mecedoras y abuelas que me hacen pensar en casa, que sí, esta es una ciudad para volver -. Si hubiera que elegir un lugar para vivir en Centroamérica, León sería.


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