Su voz me recordó las diatribas, a manera de sermones, que todos los domingos pronunciada por las noches. En esa época, las opciones eran escuchar sus discursos, cargados de permanentes disquisiciones, llamadas de atención que más parecían órdenes que planteaba a una teleaudiencia como si fuera un gran cuartel que estaba detrás de la pantalla. Voces esquizofrénicas que ni siquiera tuvieron comparación cuando años después laboré en el Hospital Nacional de Salud Mental. Una voz que reflejaba una personalidad cargada de rencor profundo, paranoia por el control absoluto que hoy contrasta con un discurso donde en su calidad de Jefe de Estado dice no ordenar nada a nadie.
Su escogencia por los oficiales que impulsaron el golpe de Estado al presidente Lucas García logró su cometido. Aunque RM no fue la primera opción, si fue la “mejor” para los propósitos de acelerar la crudeza de un conflicto armado interno que requería poner toda la carne en el asador. Un año como comandante fue suficiente para demostrar que sí era posible combinar en un mismo menú, una diversidad de ingredientes que a la postre fueran difíciles de separar. Ese discurso visceral, aparentemente disonante, cumplió el objetivo de generar los argumentos necesarios para disciplinar al conjunto de la institución armada, combinar poderío militar con planteamiento programático, con el fin de lograr esa “coherencia perturbadora” para elevar la magnitud del conflicto.
Escuchar hoy a ese exmilitar que a pesar de los años, quiere verse como lúcido, tiene ese doble rostro: el de la justicia, ya que por primera ocasión pronuncia su sentir y estertores de aliento en un juzgado donde él es el acusado. Al mismo tiempo, el rostro de la condena de todos aquellos que son y se sienten víctimas de sus decisiones. Para quienes RM es su héroe o bien personifica a los hacedores de la defensa y la libertad, escucharlo puede también tener doble significado: habló su principal cabecilla, su razón de ser; escucharlo por más de una hora puede ser la muestra de un agotamiento como movimiento desfasado y profundamente retrógrado, o bien, la gota de combustible que enciende una mecha para hacerse sentir como expresión vigente, que tiene sus cajas de resonancia en diversos espacios y niveles, desde donde se reproduce para inviabilizar, negar, oponerse, cerrar espacios y buscar la reproducción en nuevas generaciones.









