Gabriela Carrera

Que no le digan, que no le cuenten

¿Terrorista? ¿Pro- militar? Ésa ya no es mi contradicción. Ya tiempo ha corrido desde la Guerra Fría en Guatemala, y aunque lo comprendo a base de estudio crítico, y me ayuda a entender mucho de las reacciones de hoy, me es ajeno.

O más bien, lo vivo de manera distinta a los hombres y mujeres que se les tachaba de comunista, guerrillero, revoltoso o de oreja, de paramilitar, de ultra derecha por ejemplo.

Yo soy, como muchos jóvenes en Guatemala Ciudad, hija de la paz. A nosotros nos contaron el cuento de la transición democrática de 1985, de los Acuerdos de Paz de 1996, y para atrás, cuando se creó el IGSS. Del conflicto armado, de la guerra, del genocidio, nada. Según yo, esas polarizaciones eran del tiempo remoto; según yo, todos querían justicia y ver una Guatemala diferente. Llegué a la universidad y ese relato romántico de la paz me parecía cada vez más irreal: se vendía el país a los extranjeros y se les pagaba a los ricos de siempre, y aquéllos que se habían supuestamente sentado a la mesa de discusión no parecían estar tampoco de lleno en construir la paz y su agenda, y los representados en esos fantasiosos diálogos se trataban como antes. Que no le digan, que no le cuenten, la paz en Guatemala no existe como está en los insípidos y planos libros de historia.

Si polarizado aparece el país hoy, no me asusta, ya todos lo han dicho: siempre lo ha estado. Mi interesa saber la verdad y las versiones, quiero justicia para las víctimas de algunos responsables. Si soy terrorista o hija de guerrillera por querer justicia, por preguntar qué pasó en Alaska ese 4 de octubre, pues tampoco me asusta mucho. Esas polarizaciones no son mías. Igual me daría si me dicen “derechosa”. Cuando hay vida de por medio, me pueden decir lo que quieran, que seré fiel al principio más íntimo, la persona humana. La persona humana no es capital ideológico de unos o de otros.

Todos tenemos derecho a la historia, a la verdad, a una sociedad de la que podamos estar orgullosos y de la cual disfrutar. Por el momento, cuando esa realidad se ve tan lejana, queda estar orgulloso y orgullosa de levantar la voz y preguntar o no ser indiferente, aprender a dialogar. Insistir y promover la polarización desde uno u otro discurso es contaminar la posibilidad real y concreta y cotidiana que muchos guatemaltecos de nuevas generaciones tenemos de poder escuchar las vivencias y experiencias de otros. No seremos ni tibios ni cobardes, pero sí seremos reales hijos de nuestro tiempo. No es justo querer hacer vivir hoy a otros, el pasado, sobre todo cuando se tiene la posibilidad de vivir un futuro distinto.

Cuando se me pregunte o se me diga que soy tal o cual −tampoco es insulto uno de los dos si se es una persona respetable e íntegra− yo voy a decir la verdad: no me siento con la capacidad de teletransportarme a otro tiempo. Esa categoría me queda grandota. Yo sí apuesto por la Guatemala que me toca vivir y de la cual me siento responsable, por comprometerme con la justicia, la verdad, la dignidad y el respeto de la vida y de la voz humana. 


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