Desde hace un par de días rodamos por una carretera construida recientemente por el Estado salvadoreño: la carretera longitudinal del Norte que une todo el Norte salvadoreño, desde Guatemala a Honduras. Ni siquiera aparecía en nuestros mapas pero ha resultado la forma más fácil de recorrer Chalatenango y dirigirnos hacia el departamento de Cabañas.
En Nombre de Jesús cruzamos un puente sobre el Lempa, nuevo, con el concreto y el asfalto brillantes. Seguimos la longitudinal hasta Sensuntepeque. Son 28 kilómetros de sufrimiento. Aprendemos a valorar cada palmo de tierra llana y a temer el sol del mediodía salvadoreño. Sensuntepeque, la cabecera departamental de Cabañas significa tierra de los 400 cerros. Damos fe de que es cierto.
Recorrer la longitudinal fue al comienzo agradable. Apreciamos las carreteras poco transitadas y en buen estado. Pero con el paso de los días se ha vuelto pesada. Hoy solo pensamos en salir de ella. Es una ruta artificial, que no pasa por ninguna parte poblada, construida volando cerros con dinamita. A los ingenieros no se les ocurrió ni siquiera dejar un árbol que haga sombra.
Ha debido costar al menos un par de cientos de millones de dólares. Y ni siquiera pasan autobuses por el tramo que hemos recorrido. Apenas vimos gente. Básicamente solo vacas de razas indias. Mañana volveremos al mundo real.










