Pilar Crespo y Asier Andrés

Chalate

Cruzamos el embalse del Cerrón Grande y entramos en el montañoso departamento de Chalatenango, fronterizo con Honduras. En San Francisco Lempa comenzamos un interminable trayecto por territorio rompepiernas hasta la cabecera departamental. Dormimos en San Antonio los Ranchos, uno de esos pueblos minúsculos marcados por la presencia de la guerra, los mártires y el partido que antes fue ejército guerrillero, el FMLN.

Hemos visto ya varios así. El Paisnal, en La Libertad, por ejemplo y casi todos los de Chalatenango y el norte de Morazán. Todos tienen su estatua de Farabundo Martí, sus murales de Monseñor Romero, un monumento que recuerda a los vecinos que murieron en la guerra del pueblo, y un vecino que ha colgado una foto de Carlos Marx en la entrada de su casa.

Así es San Antonio los Ranchos.

Aquellas ideas que capturaron las mentes de una parte de los centroamericanos en los años 70 siguen vivas aquí como en muy pocos lugares en la región. No hemos visto pueblos así ni en nuestros viajes anteriores por Nicaragua.

Aunque probablemente son solo reminiscencias; la prueba de que quienes se organizaron hace 30 años y sobrevivieron son los únicos interesados en seguir haciendo política hoy, los únicos que ocupan los espacios públicos. El Che Guevara sigue presente en muchos pueblos salvadoreños, pero resulta evidente que el Real Madrid y el Barcelona ya le ganaron la mayoría del público.


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