Las joyas del tesoro eran tan diversas como la vida misma, pero había unas favoritas como “Cuando Tina berrea”, “Querida abuela, tu Susi”, el tesoro era nuestra colección de libros de El Barco de Vapor.
Varios años han pasado y mi tesoro más grande siguen siendo mis libros. Quitarles el polvo y ordenarlos sigue siendo un proceso de reflexión y nostalgia, este ritual siempre me hace repasar mi vida, mis actos y las personas que en cada etapa me han acompañado.
Ayer se celebró el día internacional del libro. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han traído a la mesa el debate sobre la muerte del libro físico. No sé realmente si esto está cerca o no. Yo soy de las que abandonó los periódicos físicos y me mudé a los digitales, pero con los libros me niego al traslado.
Los argumentos de quienes preferimos voltear las páginas y oler a polvo son varios. Mi mamá dice que no es lo mismo quedarse dormida con el libro en la mano que con el susto de que se te caiga el kindle en la cara. Muchos dicen que es el placer de tener una biblioteca, otros sienten rico andar cargando con el libro entre el morral.
Yo prefiero los libros porque se pueden dedicar, porque abrir un libro que diga: “Mi cielo: espero que este libro te sirva de apoyo en esta nueva aventura.” me recuerda el sabor del amor y de dormirse leyendo juntos. Compartir con la pareja la lectura es de las cosas más enriquecedoras que hay. Encontrar esos espacios de silencio compartido… Cuando abro otro que dice: “…le regalo este libro que es uno de los tesoros más grandes que poseo en esta tierra. Espero que le pueda traer la dicha y la felicidad que a mí me ha traído.” me siento con fe y esperanza de que en los libros también se encuentra la paz.
Hay libros que sin estar dedicados tienen la marca de una etapa. Cuando tenía once años murió mi abuelo y lo único que tengo de él es el libro que estaba en su mesa de noche, El buscón de sueños, de Quevedo. El libro no lo pude leer hasta tiempo después pero siempre lo mantengo en un lugar especial. Tengo libros de desconocidos, de esos que uno intercambia en bibliotecas abiertas de hostales. En aquellos viajes solitarios en donde mi compañía fueron Fuentes, Saramago y Galeano. Están también los libros de segunda mano anotados por alguien más que al leerlos es como leer a dos autores, lees a dos corazones, quien lo escribió y el que lo comentó.
Los libros físicos son para mí una necesidad, los necesito porque los quiero, porque me hacen recordar por qué soy quien soy. Por eso espero vivir con ese vicio de polvo y luchando contra mis alergias el resto de mis días.









