Silvio Gramajo

La oralidad también hace historia, hace cultura

Mi infancia coincidió con los años más cruentos del conflicto armado. Claro que la dinámica de un niño citadino no era precisamente estar sentado frente al escenario en donde se desarrollaron esos terribles eventos.

Al contrario, únicamente tengo recuerdos de los acontecimientos que se sucedieron cuando encontraron varios reductos guerrilleros en la ciudad capital. Miedo, zozobra, incertidumbre y bombazos llenaban nuestros sentidos.

No tuvimos otra manera de enterarnos de lo que pasaba que por los medios de comunicación, aunque eso no era una garantía de certeza. Los medios de comunicación no eran precisamente el mejor referente informativo. Censura, autocensura y complicidad llenaban el clima de opinión producto de la industria mediática. Nadie hablaba abiertamente. Obvio, las cosas no estaban para andar gritando como merolico, la gente no andaba viendo quién se las debía, sino quién se las pagaba.

Por otra parte, el otro referente comunicativo era la educación formal. Pero ahí también estábamos perdidos o incluso indefensos. Quienes nos educamos por esas fechas somos productos de un proceso educativo en el cual primó la visión de defensa de los valores de la patria, del ejército y de toda una historia de resistencia en contra de los enemigos, los cuales tenían un rostro, un cuerpo y un nombre como el de todo guatemalteco o guatemalteca. En ese entonces no me quedaba claro, por qué el enemigo era como yo, o como cualquiera.

La alternativa a ese modelo era tener la posibilidad de que alguien mediante la oralidad le propinara algunas pistas, caminos o versiones distintas a la “historia oficial”. Después de esos años, ya entrado en la secundaria, tuve la oportunidad de ver una película argentina llamada La Historia Oficial y entendí la connotación del nombre y descubrí que estábamos siendo educados en ese modelo. No obstante, comencé a descubrir el valor de los cuentos y de las narraciones. Tuve la gran oportunidad de tener a un profesor en la secundaria (Mario Castillo) que se deleitaba contando historias, anécdotas, leyendas y especialmente nos nutría con una versión distinta de lo que pasaba en las calles y en área rural.

Conocí otra Guatemala, no sabía ni podía poner en duda su versión, lo que sí me quedaba claro era que ésa era otra versión. Sus narraciones eran un complemento a lo que decían los libros, a la historia que nos enseñaban. Pasados los años, volví  a revisar los libros de estudios sociales. Logré observar con sorpresa que el contenido había cambiado. La visión es otra. Ya no se habla de comunistas, guerrilleros, delincuentes, militares, cuques, judiciales o chafarotes. Ahora prima otra visión, otra historia. Seguramente muchos no están contentos o conformes, es normal.

Pero ahora la oportunidad se presenta grande y retadora. El juicio en contra de Ríos Montt abrió la posibilidad de contar con una serie de narraciones que pueden y deben formar parte de nuestra historia, de nuestra identidad. La oralidad es una de las principales fuentes del patrimonio cultural de una nación. No es acá el espacio propicio para juzgar el contenido de dichas historias de vida, de todas y de cada una de ellas. El juicio en sí mismo debe ser parte de la historia, sus resultados, sus protagonistas, antagonistas y porristas (campos pagados). Recuperar esas narraciones, sistematizarlas y presentarlas será el desafío.  La tradición oral engrandece lo popular y esto también es historia, es cultura.


Recomendados