Gabriela Carrera

Democracia al rescate del Estado

La democracia es un sistema político, un conjunto de instituciones, de procedimientos políticos y de aspectos de cultura política de una sociedad.

Eso es lo que nos enseñan esos extensos libros de Ciencia Política, con autores con nombres franceses, italianos o gringos. Sin embargo, a la luz de aquello que sucede en Guatemala, me convenzo cada vez más que la democracia a reivindicar es una democracia complementaria y contestataria a la únicamente electoral, con miras a rescatar un Estado podrido. El Estado ya no está en Guatemala para proteger su sociedad y sus habitantes, ahora es un cambio de factores: los habitantes, con un espíritu de real democracia, deben ir al rescate de su Estado, el que le pertenece. Al menos, mientras se nos ocurren otras formas políticas de organización.

Es imposible pensar en un Estado trabajador del bien común, cuando los funcionarios de gobierno (de los tres poderes electos) venden su patria, ponen funcionarios a dedo en instituciones independientes como el IGSS, o lavan o chantajean mentes lúcidas en el Ministerio de Relaciones Exteriores. El cambio no viene por ahí. Pero sí es conveniente pensar en dos instituciones políticas que hay que defender, y no en tiempo electoral, sino en el momento, en donde las “aguas están calmadas”.

Hablamos del Tribunal Supremo Electoral nomás cuando los partidos se ponen las pilas para inscribirse y montar todo el andamiaje necesario para poder inscribir candidatos. El Tribunal, independiente y supuestamente ajeno a cualquier inclinación política, debería ser ciudadanizado. Debe ser un ente protagonista en cualquier democracia interesada en serlo más allá de los procesos electorales. Los ciudadanos deberían trabajar por un ente que supervise el quehacer de los partidos políticos en su vida cotidiana, organizativa, formativa de cuadros. Puede que el TSE sea una de las pocas instituciones en las que el ciudadano pueda entrar en un diálogo real, y tal vez un aliado para un nuevo gobierno.

Luego, aunque mi rechazo es rotundo a los cascarones de partidos políticos guatemaltecos (con una o dos excepciones), se nos ha negado a los guatemaltecos la posibilidad de pensar en la participación honesta en partidos políticos. Ése es uno de los máximos éxitos de la democracia perversa guatemalteca. Se nos ha metido hasta lo más profundo de nuestros imaginarios, la idea de esos partidos sucios, bajos, llenos de artimañas y mentiras. Ante la urgencia también de cambios, se vale soñar igualmente, con un partido político con hombres y mujeres que se atrevan a hacer la lucha con la gente que pelea desde movimientos sociales. ¿Quién representa hoy en el Congreso las demandas de las dos comunidades vendidas por el Ejecutivo la semana pasada?

La relación Estado-sociedad ha sido tan ultrajada, que nadie se hace parte de ese Estado, que también hace menospreciar nuestra identidad como sociedad plural. No hay dónde converger. Tal vez un proyecto político valiente, que dé la lucha por abrir con lápiz un hoyo en una pared de concreto, pueda ser un buen comienzo.  


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