Julio Roberto Prado

The Maquila Show TV

Quiero ver a nuestra mano de obra ser una estrella.

Siete enormes troncos son halados por una grúa colina arriba. El operador lucha por mantener la máquina estable; pero parece que sobrepasaron la capacidad de carga. Uno de los cables se revienta soltando los troncos que de inmediato comienzan a rodar. Es una serpiente saliendo de su guarida, voraz, dispuesta a matar. Los trabajadores se lanzan al suelo y también la cámara. El cable se acerca mientras la música le añade suspenso.  Comienzan los anuncios comerciales.

Abro una cerveza. Es una noche cálida de domingo que paso mirando la TV. El siguiente programa que veo es el de unos pilotos de tráiler que se las juegan en Alaska. Lo siguen subastadores, enderezadores, hombres que buscan entre la chatarra objetos valiosos. Es una barra de programación dedicada a  los obreros. A los oficios, a un Estados Unidos salvaje comparado con la que venden los anuncios de teléfonos o autos, al glamur de Hollywood.

Lo disfruto. Hay cierta frustración provocada por toda esa ilusión de prosperidad que vendría con la elección de una carrera universitaria. Como haber escogido Derecho por ejemplo. Tanto show donde el abogado es la estrella que quizá hay una esperanza oculta que se marchita de ser el héroe de un film. A mí se me fue el primer día que puse un pie en Tribunales, hace más de quince años. Pero habrá quien la tenga todavía. Yo que sé.

A lo mejor y reconforta ver estos shows porque los domingos lidio con el temor oculto de llegar el lunes a la oficina y encontrar un edificio cerrado, con papeles sueltos volando por ahí. Como las empresas clausuradas por la quiebra mundial. Si eso pasa, me voy de piloto de tráiler. O de leñador. De alguna manera me busco la vida.

Mientras, me gustaría ver en la tele un reality sobre el obrero guatemalteco. Quisiera ver las historias que hay en la maquila. Serían tan parecidas a un blues muy viejo. Sería como ver las plantas de algodón. Eso sería importante: saber cómo es la vida de un piloto de bus urbano. Tomar el volante y no saber si vas a volver. Quisiera enterarme en un reality sobre los largos turnos en las fábricas. Oír los silbatos de la entrada y salida. Quisiera mirar cómo se buscan la vida la mayoría de mis compatriotas, en silencio. Que sean las estrellas.

Pero no pasará. La televisión local es un dinosaurio volviendo al cascarón, para convertirse en renacuajo y luego en pez que se devuelve al mar. La evolución a la inversa. Total, a quién le importa. Hay una estrella de TV que ahora es diputado y otro candidato a alcalde, o presidente. Aplausos y risas grabadas.

Abro otra lata. En la tele unos hombres buscan en una fábrica abandonada cosas que vender; pero sólo hablan de lo injustos que eran los trabajos a mediados del siglo XX. Brindo por eso desde una burbuja del tiempo. Desde una calurosa plantación de algodón.


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