Margarita Cano

¡Arriba Un Techo!

El jueves 7 y viernes 8, se realizó en la ciudad la Gran Colecta Nacional de Un Techo para mi País. Al escribir esto, la colecta no había concluido, así que no me queda más que desear que se llegue a la meta de dos millones de quetzales recaudados.

El proyecto de Un Techo para mi país me parece estupendo. No perfecto, porque nada es perfecto, pero sí muy bueno. Muy bueno porque le da la oportunidad a jóvenes a cruzar puentes. Conozco de cerca a personas que realmente se han dedicado a esto, a viajar, a construir, a cambiar vidas. Conozco a personas que esperaron con ansias cumplir 18 años para poder ir a construir. No para parrandear, no para poder comprar bebidas alcohólicas, sino para poder irse durante cinco días a un lugar en medio de la nada y trabajar duro. Porque es trabajo duro. Desde la Colecta, cuando uno está parado durante horas, pidiendo a otros su colaboración, hasta el momento en que se termina una casa, el trabajo es duro. Pero sobre todo, el trabajo es importante. Un Techo para mi País ha logrado acercar a jóvenes a la realidad de su país, este país de desigualdades aberrantes que deberían quitarnos el sueño a todos. UTPMP ha logrado borrar un poco la indiferencia hacia las carencias de otros y resaltar el derecho que tiene todo ser humano a una vida digna.

Alguien que conozco me contaba de su experiencia en las construcciones de Semana Santa 2012 en un poblado de Santa Rosa donde la gente subsiste a partir de la cosecha de papas. La pobreza es extrema, hay un solo baño con agua potable en la aldea y el polvo parece invadir todo. Al preguntarle a un niño que quería ser cuando fuera grande, su respuesta fue que él quería ser grande para poder cosechar más papas, más rápido, porque les pagan por quintal. Las respuestas de ser astronauta, de ser cantante, de ser futbolista, no existen, porque parecen demasiado lejanas para ser reales. Para quienes han vivido entre comodidades toda su vida y las papas son solo una comida más, Techo ha sido una oportunidad de conocer esta realidad. Enfrentarse a algo así es duro y duele y da rabia. Hay ciertas condiciones de pobreza de las cuales la gente no puede salir por sí sola, sólo con “echarle ganas” y proponerse “ser feliz”. Hay momentos en los que nuestro deber como humanos es dar la mano y ayudar a salir de ese ciclo que parece no tener fin. Eso es lo que hace Un Techo para mi País.  

Es cierto que habrá quienes ayudan a UTPMP porque “está de moda”, pero a quienes usan ese argumento en contra de la labor hecha, les digo solamente que prefiero mil veces esa moda a cualquier otra. Prefiero modas que construyan puentes a aquéllas que nos polarizan y aíslan. Prefiero modas que abran los ojos a modas que nos pinten todo color de rosa. Prefiero a los que están dispuestos a ensuciarse, sudar, trabajar, desvelarse y luchar. Porque no cualquiera está dispuesto a rifarse el físico por ayudar a otros.

Al final, la recompensa es grande, más allá de las ampollas y los resfriados, es saber que uno está moviéndose hacia el cambio. La recompensa es que meses después, el señor a quien se le construyó una casa haga un viaje de kilómetros para llegar al teléfono más cercano, llame y le diga a alguien “espero que usted y todos los patojos que vinieron estén bien, la casita está bien bonita, siempre les vamos a agradecer”.

A los fundadores, directores y operarios de la organización Un Techo para Mi País, todo mi apoyo. A los voluntarios que recorren las calles de la ciudad y los caminos en las comunidades, ¡muchas gracias por su valentía! Ésta es la gente que vale la pena. 


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