Margarita Cano

El precio del prejuicio

La noticia de una madre que asesina a su hija a golpes es escandalosa. Que la juzguen y condenen es un logro del sistema de justicia. Pero las circunstancias previas a tan terrible desenlace también merecen atención.

Un reportaje de La Hora, expuso cómo el padre de la pequeña Jennifer Vásquez Alquijay, Eddy Vásquez intentó tener la custodia de su hija porque sabía que su madre la maltrataba. Vásquez llevaba meses presentando denuncias en contra de la madre de su hija por maltrato y ninguna recibió atención. Ahora, después de comprobar que la madre efectivamente agredía a la niña de tres años y después de condenarla a más de cuatro décadas en prisión por el asesinato, se le ocurre a la burocracia pensar que el papá tenía razón. El resultado, una oferta de compensación de parte del Estado por negligencia. Q50 mil por no haber prestado atención.

Eddy Vásquez se topó contra puertas cerradas por prejuicios. Prejuicios que encasillan tanto a los hombres como a las mujeres. Prejuicios que dicen que los hombres son siempre los violentos y las mujeres son las víctimas. Esos prejuicios que permiten que la madre mantenga la custodia de sus hijos contra viento y marea, aun cuando haya pruebas de que esto no es lo mejor para el bienestar de los menores.

Siempre hay más de un lado de la historia y pretender generalizar todas las historias bajo una misma regla es insensato, sobre todo cuando se trata de vidas humanas y aún más, cuando se está tratando con menores de edad. No se puede pretender que “todos los hombres son iguales” ni que todas las mujeres lo son. No siempre las madres son la mejor opción para un niño, no siempre los padres son los negligentes. Cada caso merece una revisión exhaustiva y cada denuncia merece atención. No podemos darnos el lujo de asumir y dejarnos llevar ciegamente por los prejuicios.

En la misma línea, salen a relucir otros casos, como el de los asaltos perpetrados por motoristas. Que alguien haya decidido “vengarse” hace unos días y que un hombre resultara muerto, es espantoso. Como dijo Gandhi, si aplicamos el ojo por ojo, todo el mundo se quedará ciego. Luego aparecen veloces los prejuicios: los “motoladrones”. En mi opinión, el prejuicio hacia los motoristas se afianzó desde aquel día que se le ocurrió a un brillante exministro de Gobernación que éstos debían ir numerados, como que fueran presos. Bueno, ¡ni siquiera los presos están numerados! 

Empezar a juzgar personas por andar en motocicleta es como empezar a juzgar a la gente porque anda caminando. No tiene sentido. Las causas son otras, más profundas, más densas. Es cierto, da miedo, sobre todo cuando a uno ya le ha tocado ser asaltado por un motorista. Pero tengo amigos que usan motocicleta y hay días que pienso que al subir el vidrio a toda prisa, puede que sea uno de ellos quien esté del otro lado. Pienso en que mucha gente utiliza motocicletas por necesidad y no porque sea un medio para asaltar.

Y sobre todo, pienso que independientemente si el hombre en cuestión era ladrón, jardinero o sultán, nadie tiene derecho a quitarle la vida a nadie. Esas ganas de venganza, ese rencor, esa rabia, esas turbas de gente pidiendo la muerte de otros, son sólo la señal de que los prejuicios y la impotencia han calado hondo.

A mí me preocupan los prejuicios ilógicos, desde el que encasilla a un hombre o a una mujer en cierto rol, hasta el que encasilla a alguien por el medio de transporte que utiliza, hasta el que piensa que todo el que usa corbata es honrado. Cada historia tiene matices, aristas, ángulos que explorar antes de juzgar. Quién sabe, algún día le puede tocar a uno pagar el precio de un prejuicio.

Como columnista, apoyo a Plaza Pública y felicito a todo el equipo por su trabajo. Reconozco que ha sido un camino alegre y difícil a la vez. Apoyo la iniciativa por un diálogo abierto y la transparencia con los columnistas y los lectores.

Pronunciamiento de columnistas.


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