Renzo Rosal

Festejo para aclarar

Qué mejor forma para celebrar el segundo aniversario de Plaza Pública, que en el marco de un interesante debate sobre las fronteras editoriales.

De esa forma, se contribuye precisamente a uno de los objetivos fundacionales del medio: avivar la discusión sobre asuntos que generalmente los medios tradicionales esquivan, son indiferentes y les toca aspectos que desnudan los intereses y poderes que están por detrás.

Las dos últimas semanas han sido agitadas y productivas en el seno del Consejo Editorial. Las repercusiones por el cierre de un blog, la serie de comentarios desatados en redes sociales, unas con argumentos y las más lanzadas al aire como bocanadas de catarsis provocadora, nos está permitiendo rediscutir sobre el sentido del periódico, el carácter de nuestras fronteras editoriales, el perfil de nuestros colaboradores. Al final de cuentas, el para qué de lanzarnos a perfilar un medio que se ha considerado desde su inicio como distinto, profundizador, expresión del carácter de la incidencia de la URL y articulador de aquellas propuestas que sirvan para algo más que poner inquietos a los hacedores del poder.

Es curioso que varios de los abanderados de la libertad sin límites, que con lo sucedido han despotricado contra el director, el consejo editorial y la Universidad, expresen descarnadamente nuevas formas de intolerancia. Plantean hacer las cosas de una manera que no llegan a concretar. Me pregunto si todo lo que hacemos en nuestras vidas no está trazado por parámetros, normas, conductas, políticas, reglas del juego, fronteras editoriales.

Nadie posee la verdad absoluta. A propósito de la renuncia efectiva anoche del Papa Benedicto XVI, en su charla con su entrevistador y biógrafo Peter Seewald, refirió sobre la verdad “…Nunca la poseemos; en el mejor de los casos, ella nos posee a nosotros. Nadie discutirá que es preciso ser cuidadoso y cauteloso al reivindicar la verdad. Pero descartarla sin más como inalcanzable ejerce directamente una acción destructiva”.

Festejar y congratularnos por el proyecto que va tomando forma y contenido, pasa por su revisión permanente, de nuestros roles, de explicitar nuestro carácter, nuestras formas de abordaje y de explicitar el tipo de aliento que la Universidad promueve para que la Plaza sea Pública. No se trata de lanzar un globo al aire para ser llenado en el camino con contenido variopinto, pero sin un dibujo claro. No se trata de un medio, a manera de vaso vacío al cual le cabe de todo, y probablemente de poco con sentido de construcción. Plaza Pública no es un proyecto que fortalezca el creciente relativismo, como la consecuencia más dramática de la depreciación de la verdad. 


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