Hace dos años empezó una aventura que se ha convertido en un laboratorio. La Universidad Rafael Landívar nos invitó a un grupo de periodistas a fundar un medio que fuera una Plaza Pública. Y estamos aportando de una manera intensa para transformar y repensar las relaciones de poder, las injusticias y el periodismo mismo.
Es un laboratorio porque es el primer medio en Guatemala que no depende del Estado ni de anunciantes para sobrevivir, sino que es parte de una universidad privada, confiada a la Compañía de Jesús, quienes tienen una larga trayectoria centroamericana de periodismo distinto. Esto nos permite poder hacer un periodismo profundo (con rigor y calidad) explorando otras áreas de la agenda pública –distintas y complementarias a las de los medios tradicionales– en especial la del poder. No sólo nos fijamos en el poder que está en el escenario, sino en los núcleos del poder, los que están detrás de telones. Además, podemos colocar en el debate temas estructurales o contar cuando baja la violencia.
Hemos conformado un equipo periodístico que en densidad es uno de los mejores de América Latina, con periodistas que llevan a cabo este oficio con dignidad, creatividad y sin miedo. Llegar más profundo, cuestionarnos nuestras propias convicciones sobre el país, hacernos más preguntas, darnos más respuestas, hacernos todavía más preguntas.
Por este grupo de periodistas, en un año recibimos los WikiLeaks en exclusiva, fuimos finalistas del premio de periodismo investigativo IPYS-TI; o fuimos invitados a una pequeña meca del periodismo literario, el encuentro de cronistas de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Y hemos triplicado nuestra audiencia.
Hemos conformado también una sección de columnas de opinión y blogs que refresca el debate nacional. Es un corte generacional, con temas distintos o distintas perspectivas. Un grupo de columnistas que ha conformado una identidad propia que imprime un carácter inédito.
Este bienio, como es natural, ha estado cargado de adrenalina y tensiones. Tensiones con el poder, con los lectores exigentes y dentro de la institución, en un ejercicio de debates y compromiso. El cierre de una columna hace diez días por cruzar una frontera editorial de manera reiterada avivó estas tensiones y llevó a un punto de inflexión. Un medio, como nunca antes ha sucedido en el país, se abrió a sus reporteros, columnistas y lectores -online y en persona- para transparentar cómo funciona, sus límites, sus posibilidades y explicar su decisión. Además, el Consejo Editorial ha empezado una reflexión profunda sobre el periodismo, las libertades, las fronteras y el futuro.
Y el futuro de Plaza Pública promete. Promete más investigaciones profundas, nacionales e internacionales. Más alianzas. Más innovación. Más relación con los lectores –incluida una Asociación de Amigos. Más creatividad. Y una constatación: este periodismo es indispensable. Gracias a todos los que creen en esta pequeña (con alma de grande) Plaza Pública.
* Publicado originalmente en elPeriódico, 26 de febrero.









