El jueves 20 de febrero un ¿jardinero? o ¿delincuente? fue atacado a balazos en la zona 9 capitalina después de —supuestamente— asaltar a otra persona. La moto en que viajaba fue impactada en el tanque de gasolina por una bala, explotó y se incendió con todo y su conductor.
Las fotografías del hecho, crueles y grotescas, circularon de inmediato en las redes sociales y se dieron a conocer en los medios de prensa escrita y televisiva.
Contemplar desde cuerpo y vehículo en plena combustión hasta los restos calcinados de la víctima, alarma e indigna y, a manera de colofón, los comentarios en las redes sociales nos dieron a conocer internacionalmente como lo que somos: Una sociedad enferma.
Hubo opiniones encontradas respecto a los comentarios. La de quienes consideraron las apostillas como una incitación a delinquir y la de aquellas personas que creyeron, no constituían un delito. El Ministerio Público ofreció analizar los mensajes para determinar la comisión o no de una transgresión a la ley. Pero, en el entretanto, pocas horas después del hecho, se intentó linchar a dos sujetos en la zona 8.
En el primer caso, pudo tratarse de la conjugación de un estado de emoción violenta y la fatalidad pero, en el segundo, si ya tenían copados a los supuestos malhechores, ¿por qué golpearlos?, ¿por qué no entregarlos de una sana manera a la justicia?
No se puede cerrar los ojos ante la realidad: La basa de tan execrables actos es la desesperación, la impotencia, el sentirse desprotegido ante la alevosía e impunidad con las cuales el crimen organizado y la delincuencia común actúan a ojos vista de nuestras autoridades. Y, sin lugar a dudas, los ciudadanos de a pie, estamos en indefensión.
El día 18 de este mes, el vehículo en que se transportaban mis hijos quedó entre fuego cruzado de presuntos ladrones y policías. El hecho acaeció en la Calle Montufar, también de la zona 9. Junto con ellos, no menos de cuatro vehículos con mujeres y niños a bordo, sufrieron el mismo riesgo. Era una hora pico para el tráfico vehicular. ¿Los consejos y sugerencias para quienes vivieron la contingencia?: “Háganse los locos. Recuerden a los tres monos sabios: No oiga, no mire, no hable”.
¿Cómo impedir entonces la explosión de hechos violentos en una sociedad carcomida por la angustia?
En relación a los linchamientos, Jorge De León Duque, titular de la Procuraduría de Derechos Humanos, tuvo mucha razón al opinar: “…es inaceptable desde cualquier punto de vista”. Según el magistrado de conciencia: “Ninguna razón justifica que el guatemalteco honrado se ponga al mismo nivel que el delincuente”.
He allí otro problema. En Alta Verapaz nos llevamos el campeonato en linchamientos. Particularmente en el área rural. Y, cuando se logra capturar a algún responsable, resulta ser —hasta ese momento— un ciudadano honrado y trabajador. Es que la masa enardecida contamina, despersonaliza e incita a más agresión de la que ya está sufriendo y cometiendo.
Vuelvo a porfiar en el intento: ¿No será el tiempo —un poco tarde quizá— de comenzar a repensarnos como sociedad? El Estado podría liderar el proceso.









