A mí, sin embargo, no me convence. Quizá sea que lo dijo Marx y, entonces, tiene que estar malo. Pero lo cierto es que la historia misma apunta en otra dirección.
Si algún patrón se deja ver claramente es la tendencia a que los fenómenos históricos se repitan superando al original. La segunda vez que vivimos un fenómeno, siempre es de forma más intensa que la primera. Veamos las dos Guerras Mundiales: 15 millones de muertos en la Primera y 60 millones en la Segunda. O las Guerras Púnicas, de las cuales sólo se recuerda la Segunda. O la Segunda Revolución Industrial, mucho más transformadora que la Primera.
Y es precisamente esta tendencia, a que la segunda sea mayor que la primera, la que me preocupa cuando leo las discusiones éticas sobre el futuro de la medicina. Muchos dicen que no está lejos el día en que los avances médicos permitan revertir el proceso de envejecimiento y extender la vida humana hasta 300 o quizá 500 años. Prometedor. Con toda seguridad sería un avance que reavivaría de inmediato la economía mundial, pues resolvería las dudas existenciales de las inmensas fortunas acumuladas en paraísos fiscales, dándoles al fin un producto de consumo suficientemente bueno para regresar a la economía, corrigiendo de tajo los inmensos desbalances ingreso/consumo que generaron la crisis y persisten.
Sin embargo, ¿no suena esto un poco escalofriante? Si el dinero llegara a adquirir el poder de comprar la muerte, ¿no estaríamos rompiendo con ello el último eslabón de la cadena que nos une a toda la humanidad? Y es que, esta cadena ya se intentó romper en el pasado, a costa de gran sufrimiento humano. A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, se trató de aplicar el naciente campo de la genética para “mejorar” la composición de la humanidad. La idea era que si se propiciaba la reproducción de los individuos y poblaciones con los mejores genes, la humanidad entera mejoraría y se lograría el desarrollo y la salud. A esto se le bautizó como eugenesia. Y prueba de la popularidad e influencia que tuvo, es la infame tesis de graduación de nuestro Nobel de Literatura.
Quizá bien intencionada, la eugenesia acabó de desprestigiarse en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Hoy se le asocia con el nazismo y con prácticas tan repugnantes como las exhibiciones humanas en zoológicos. Sin embargo, habría que ser ingenuo para pensar que la ambición de crear una “súper-clase” acabó en 1945. Si se concretan las ambiciones, no estaríamos tan lejos de un mundo en que la biotecnología –ya no la reproducción selectiva– sea la que posibilite esa partición de la humanidad. Ya ni siquiera sería necesaria la exterminación de los “malos” –como ocurría con la eugenesia– sino tan sólo la restricción del acceso a la tecnología salvadora.
Sin duda alguna, los partidarios más duros de la desigualdad verán en todo esto una gran promesa, la promesa de una humanidad cuyas jerarquías sean irremontables. Y tampoco cabe duda que los alcances de la ciencia moderna tienen mucho más poder transformador que las inacabadas teorías que respaldaban la eugenesia hace 100 años. Cabe preguntarse, entonces, si no estamos a las puertas de un segundo proceso de deshumanización –más intenso– que el vivido en el siglo pasado.
La respuesta estoy lejos de tenerla, pero estoy seguro que depende de la madurez que hayamos alcanzado como humanidad. Bien podría ser que, inspirados por la ciencia moderna, algunos retomen el sueño truncado de la eugenesia; tal cual, Aníbal retomó el sueño de su padre de vencer a Roma, o como Hitler retomó el orgullo pisoteado de una nación, creando en el proceso –ambos– una repetición mucho más intensa de un fenómeno histórico del pasado. Sin embargo, antes de optar por ese camino, debemos recordar que –en ambos casos– el resultado final, tras un proceso tanto más desgarrador, fue el mismo que la primera vez.
Yo me quedo con la esperanza que no sea necesario tanto dolor para encontrar el camino al progreso, ese progreso que es una marea alta que levanta todos los barcos, y no un huracán que arrasa la costa.









