Álvaro Castellanos

Dicen que si uno llora mucho…

Honestamente terminé indignado, pero ante todo angustiado cuando concluí la lectura del reportaje: Un lugar donde las madres no lloran.

Fue publicado el domingo 20 de los corrientes en el matutino elPeriódico. Su autora es Susana de León. Versa sobre el calvario de los miles de migrantes chapines, pero contado desde la perspectiva de dos chimaltecos que volvieron, pero muertos.

La narrativa, aunque resulte devastadora, es digna de ser difundida y leída lo más ampliamente posible. Porque se refiere principalmente a las causas de ese éxodo, que en realidad es un tipo de neo-exilio masivo, una expulsión cruel enraizada en nuestras profundas inequidades. Cuenta además, brevemente, las historias de esos dos guatemaltecos que, con profunda intrepidez, decidieron dejar a sus familias y arriesgar todo. Quizá porque en sus mentes pasó varias veces la idea que ya no tenían nada que perder.

La angustia, a la que me refiero al inicio, se genera al pensar que soy uno de –quizá– muchos otros connacionales que en realidad no le da la suficiente importancia a este fenómeno. Aparte de prevenirlo, lo cual pasa fundamentalmente por la ruta de la mejora de oportunidades, deberíamos dar apoyo concreto cuando, a diario, regresan cientos de “deportados”. Por cierto, ese término hoy estigmatizado, encima de todo es paradójico. Un deportado es un desterrado de su propia nación por razones generalmente políticas. En todo caso, son “deportados” de Guatemala, pero por razones de injusticia.

Quizá muchos nos hacemos de la vista gorda, porque sin las remesas que mandan nuestra economía andaría mucho más flaca, se le mirarían unas cuantas costillas más. Eso me hace recordar a Berger cuando aún era candidato a Presidente, que ofrecía como uno de sus planes de gobierno, mandar a más guatemaltecos a EEUU para mejorar el ingreso de remesas. Eso es tan cruel, tan tonto, que hasta me cuesta creer lo que estoy recordando, como si fuese una pesadilla.

Dado que, como lo narra la historia que hoy comento, la mayoría de expulsados son indígenas, creo que inclusive por motivos racistas algunos –quizá no tan pocos– ven como alivio el neo-exilio. Duele todo esto, definitivamente.

Ya dije por qué terminé angustiado después de la lectura. Ahora debo explicar por qué la indignación también me invadió. Resulta que los dos fallecidos iban en la palangana de un picop intentando cruzar frontera en La Joya, Texas. Como el piloto que lo manejaba no hizo alto a un agente guardabosques, al ratito apareció un helicóptero con francotirador a bordo, que dándoles caza –cual moderno safari– disparó al vehículo. Efectivamente lograron detenerlo, pues colisionó. Y después de la enorme confusión, el desenlace: dos guatemaltecos ejecutados. Nuevamente el racismo aflora, eso creo yo cuando leo todo esto.

Me pregunto si las autoridades que intervinieron –con ataque aéreo incluido– hubieran actuado igual si creyeran o supieran que en la palangana iban europeos, por ejemplo. Un ataque así es, a todas luces, desproporcionado e injustificable. No creo que haya leyes en esa nación que autoricen semejante cosa.

Es cierto, hace exactamente un siglo, el presidente William H. Taft dijo algo tan sorprendente como esto: “No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá, y al tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho como, en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente”. ¡Pero ha pasado todo un siglo!

¿Será que, lo que fue Lincoln para los afroamericanos, será Obama para los hispanos? Así lo ha insinuado, inclusive en el día de su segunda inauguración presidencial, ocurrido apenas días después de la ejecución de nuestros connacionales. Ya veremos. Tal vez entonces, las madres de Chimaltenango y de todo el resto del país, ya no tendrán que tragarse las lágrimas cuando sus hijos se van, pues hoy es mito: que si los lloran, no cruzarán la frontera. En todo caso, asegurar que si no los dejan ingresar, al menos no los devuelvan en sarcófagos a sus madres, esposas e hijas, como a Leonardo Coj y Marcos Estrada. Y a nosotros, los chapines, nos toca tratar de construir una nación que no expulse a sus nacionales. ¡Vaya tarea!


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