Elizabeth Ugalde

Selva motorizada

Otro día más frente al volante, pegada al horrible tráfico de todos los días, y otra vez consumida por ese sentimiento de estar atrapada en una selva motorizada. Cada uno de nosotros tratando de sobrevivir la experiencia y llegar a nuestro destino.

La mayoría de nosotros somos conductores de tipo “elefante”. Marchamos en fila, tranquilamente y siguiendo la cola de su predecesor. “Chupando rueda”, le llaman en Costa Rica a este fenómeno.

Estos “chupa-rueda” son conductores que hacen lo correcto, buscan el carril que los conducirá a su destino, usan las señales para indicar cambios de dirección, rebasan con seguridad. No usan vías alternas ilegales, no se engolosinan con la bocina, frenan con el amarillo del semáforo, a pesar de las puteadas que le receta el estresado que viene atrás.

Desafortunadamente, en esta selva motorizada, también comparten autopista los conductores tipo transformer. Aparecen de la nada, saltan, vuelan, se transforman. Son unos cuantos, pero hacen que esta fastidiosa, pero necesaria, experiencia sobre-ruedas se convierta en una película de terror.

Los conductores transformer se pasan por la mufla las señales de tránsito, o cualquier otro tratado de urbanidad y buena conducta. Son ellos los que hacen un tercer carril, donde solo hay dos, rebasan por cualquier lado y sin pedir la vía. Ambientalistas por conveniencia, porque nunca ponen una señal. Para ellos el amarillo del semáforo indica que tienen que majar el acelerador y el rojo indica precaución; pero para el pobre tipo que viene en la vía opuesta. Es típico de estos conductores que avancen en el carril de la izquierda para terminar, de manera sorpresiva, doblando a la derecha.

Sentada en el volante, viendo a estos transformer operar, me sorprendo a mí misma haciendo comparaciones con los padres de la patria, con los distinguidos miembros del Congreso de la República. Sonrío y cito a Le Luthiers: “caray, qué coincidencia”.

Sigo chupando rueda, y observo cómo estos transformer no solo logran que unos cuantos los sigan, sino que demás, consiguen que la mayoría les permitamos hacer sus irregularidades.

Sin policías de tránsito que regulen y sancionen, las calles se convierten en selvas motorizadas, donde estos pocos siempre hacen lo que quieren. “Caray, qué coincidencia”.


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