Juan Miguel Goyzueta

Noche magnífica y serena

Cada vez que un año comenzaba tenía la costumbre de salir y observar el cielo, como si su azarosa belleza revelara algo de lo que estaba por venir. No recordaba cómo empezó a hacerlo, pero confiaba.

Confiaba como confían aquellos ingenuos que –por inocentes- pueden resultar peligrosos. Pero no veía en ello mal alguno, así que se dispuso a intentar descifrar lo que aquellos puntitos de luz tenían que decir, no sin antes recordar todo lo que había vivido.

Qué gran año había sido, la verdad. Recordó cuando corría y corría, como si de verdad hubiera podido ganar la carrera. ¡Y qué lejos llegó! Tan lejos que le importaron un pepino aquellas voces que rebotaban en su cabeza acusándolo: “pudo estar mejor, pequeño saltamontes”. Jamás se imaginó que en la derrota pudiera también encontrar dulzura.

Vino un respiro entrecortado y abrió los párpados. Recordó aquellos ojos que lo cautivaron, esos que de tan dulces podían ser crueles. ¡Quién sabe cuándo se volverían a ver! ¡Qué breves fueron esos meses que pudieron estar juntos! Pero sabía bien que aquello que había vivido era la felicidad y nada más. Entre más intensa, más efímera. Añoraba que pudiera durar más, aún si sabía que el tiempo todo lo vuelve una mierda. ¡Cómo aceptar el dolor de vivir lejos!

Intentó pensar en otra cosa. Clavó la mirada en el árbol de enfrente. Sus ramas hacían el único ruido en la calle solitaria, así que no temió que alguien lo fuera a ver y pensase que estaba loco. Jugó –como jugaba de niño- a buscarle formas a las ramas de aquel palo. Lo primero que vio fue un dragón y después vio un caballo. Luego vio una espada. Se detuvo. ¿Acaso no podía ocurrírsele algo original? ¿Por qué todo lo nuevo que pensaba tenía que ver con lo que ya había pensado antes? Ensayó el pensamiento aleatorio, sin éxito. Todo lo nuevo pertenecía a la misma categoría que lo viejo, en una cadena imposible de romper.

Rebelde, no aceptó la palabra imposible e intentó pensar en algo completamente nuevo. Se imaginó todo lo que podían estar viviendo en ese preciso instante sus coterráneos. Imaginó a una pareja de chinos haciendo el amor. Luego vio a un joven argentino dando el viraje equivocado que lo conducirá a la muerte. Inmediatamente se dio cuenta que deben haber muchos más chinos haciendo el amor que argentinos a punto de morir. Pensó que tal vez el mundo no es tan malo a fin de cuentas.

“El tiempo vuela”. Se preguntó por qué todas las personas repiten esa frase en estas fechas. “Se ha vuelto una frase trillada”, –pensó. El año recién terminado no había volado. Más bien le había parecido un año bastante largo con todo lo que había pasado. Era justo y necesario ese corte artificial que supone cambiar el último número de las fechas. Al menos, le daba alguna sensación de clausura. Quizás por ello es que esa noche no sentía absolutamente ningún rencor.

La noche se puso un poco más fría. Siguiendo con la costumbre, ensayó a encontrarle algún significado a ese cielo que tenía encima. Lo esperaban de regreso y no podía tardarse mucho más en aquella contemplación sin sentido. Levantó la cabeza y miró las estrellas, algunas de las cuales brillaban con fuerza en aquella magnífica noche despejada. Se sintió arropado por ellas. “Será un buen año”, –pensó. De regreso a casa, solamente pidió estar ahí mismo –dentro de un año- para poder asombrarse una vez más con la belleza inexplicable de la vida. 


Recomendados