Elizabeth Ugalde

Una sociedad en equilibrio

Cualquiera que tenga niños pequeños, se habrá dado cuenta de la enorme facilidad que tienen para crear mundos imaginarios.

Con la ligereza con la que yo me amarro los cordones de los tenis, mi hija de 12 años agarra su computadora y comienza a escribir historias colmadas de fantasías. De sus dedos surgen al instante mundos imaginarios bajo el mar, sirenas con cabellos de colores, cuyos mechones tienen distintos poderes; reinos del Polo Norte, que gozan de un delicioso clima cálido, en donde habitan serpientes-mariposas-venenosas y otra serie de seres imaginarios que dejarían boquiabierto a cualquier productor de Hollywood.

Esta habilidad natural para imaginar, la perdemos en la adolescencia. El adolescente se desarropa de su imaginación, cuando descubre al sexo opuesto. Llena entonces su mundo de pasión y de romance. No por casualidad las grandes historias de amor, las protagonizan adolescentes, henchidos de ese amor apasionado, entregado y loco.

Diez años después, ese adolescente romántico, se convertirá en un joven amante de ideales. De un salto, sustituye el amor a alguien por un compromiso con ideales. Normalmente sucede al entrar a la universidad y ponerse en contacto con ideas, ideales e ideologías. Es allí cuando adquiere compromiso social y se convierte en motor de cambio.

El joven es idealista por naturaleza. Los grandes movimientos sociales del pasado y del presente son protagonizados por jóvenes. La Revolución Cubana, la Revolución Sandinista, y más recientemente las protestas en el medio oriente, “la primavera árabe”, los movimientos de Wall Street, o el 11 de marzo en España. La gran fuerza de cambio son los jóvenes.

Pero al igual que el adolescente cedió la imaginación infantil por la pasión, y el joven consintió la entrega de ese amor de estudiante por la convicción de un ideal; el adulto se despoja de ese idealismo joven y se entrega al pragmatismo. Las obligaciones de la vida adulta, el matrimonio, los hijos, las hipotecas, el trabajo y los compromisos, transforman al joven idealista en un ser racional, práctico y realista. No imagina, porque eso es de niños, no se apasiona porque eso es de adolescentes, no es idealista porque eso es de jóvenes. El adulto ya recorrió mundo, se tropezó con la realidad y se dio cuenta de que cada cambio tiene un costo. Por eso tiende a ser más conservador, es parte de su naturaleza, también. El adulto es la fuerza que se opone al cambio. Contiene al idealismo con la razón y la experiencia.

El anciano es el guardián de la memoria y el recuerdo. En el cuarto trasero de la gran casa que esta sociedad le ha asignado, reposa tranquilo y despojado de fantasías, pasiones, ideales y realismos.

Una sociedad en equilibrio es aquella que deja que todos los niños realicen sus fantasías sin límites; que deja que los adolescentes se amen con pasión y sin frenos; que deja que los jóvenes impulsen el cambio siguiendo sus ideales; que le da el espacio justo a la razón y la experiencia; y que cuida que sus ancianos nos salven del olvido.


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