Suena como que estuviéramos en zona de guerra. Pero no, las víctimas no son militantes ni guerrilleras, ni soldados. Entre las mismas mujeres que usted conoce, más de alguna ha sufrido algún tipo de violencia durante su vida. No es una suposición, es una afirmación. A nivel mundial, por lo menos seis de cada diez mujeres experimentarán algún tipo de violencia durante su vida. La violencia no es solo física, sino psicológica, sexual y económica. La violencia no discrimina por etnia, edad o clase social. Tal vez usted no lo vea y no lo sepa, pero su vecina, su compañera de trabajo o incluso su hermana, prima o sobrina, han sido víctimas de violencia.
Esa historia la aprendí hace unos años, cuando una amiga muy querida me confesó que había sido víctima de violencia sexual por parte de un familiar desde muy pequeña y cuando por fin se atrevió a contárselo a sus padres, toda la familia se volcó en su contra por “armar relajos” e “inventarse cosas”. Nunca me habría imaginado que ella había pasado por eso. Así como ella, desgraciadamente, hay muchas, muchas más. Como sociedad, hace más de un año nos conmocionamos por la historia de Cristina Siekavizza. Y hace casi dos años, fue la historia de Mindy la joven de 23 años cuyo esposo le arrancó el rostro con un cuchillo. Las historias abundan, historias de abusos, de silencios y vergüenzas y dolor.
En 1994, el Banco Mundial publicó un estudio de los 10 factores de riesgo que afectaban más a mujeres entre los 16 y 44 años. La violación sexual y la violencia doméstica tuvieron niveles de incidencia mucho más altos que el cáncer, los accidentes de tránsito, la guerra o incluso, enfermedades como la malaria. Mientras usted lee esto, es domingo, es 25 de noviembre. Es el Día de la No Violencia Contra la Mujer.
Aunque muchos protesten que esto es discriminación positiva, que no se necesita un día para recordarlo, yo difiero. Difiero por mi amiga, por mí, por Cristina, por Mindy, por todas las que han callado porque aún es considerado vergonzoso admitir que uno sufre. Porque todavía se usan dichos como “quien te quiere, te aporrea” y porque aún se les echa la culpa a estas mujeres por “débiles” o “lloronas”. A quien ha tenido una pistola puesta en la cara, a quien le han roto los labios a puros golpes y aún así resiste, se queda y calla, no se le puede llamar débil. Lo que se puede decir es que continuamos viviendo bajo patrones machistas, abusivos y opresivos que no nos dejan desarrollarnos como personas sanas y felices. No solo las mujeres, sino todos, los hombres también. Porque la violencia tiene tentáculos largos y poderosos que nos marcan de por vida; pero la violencia que se sufre en silencio deja secuelas aún más graves.
Como país, debemos aprender a condenar esa violencia contra las mujeres, a dejar de echar culpas a las víctimas, a dejar de hacer conjeturas de “casos pasionales” y darnos cuenta que violencia es violencia. Es condenable en todas sus formas y debe ser denunciada como tal. Las mujeres que la han sufrido merecen apoyo para recuperar no solo su salud física, sino psicológica. Se han dado pasos importantes en materia legal, pero bien dicen por ahí que en este país las leyes están de adorno cuando la cultura general es de impunidad y silencio. ¿Cuántas historias tenemos que escuchar para tomar el valor de decir NI UNA MÁS?
El 14 de febrero se hará una actividad a nivel mundial (One Billion Rising) para manifestarse contra la violencia a mujeres, y celebrar el valor de quienes han sobrepasado esa difícil experiencia. Aunque faltan más de dos meses para la fecha, se vale anunciarlo porque no todo es lamentarse, también se puede apoyar.









