Pero ahí acaba el consenso. Los disensos empiezan con la pregunta: ¿por qué no ahorramos los guatemaltecos? Algunos economistas señalan la pobreza como principal causa y con razón; si las personas no ganan lo suficiente para sobrevivir, nada pueden ahorrar. Otros señalan la posibilidad de confiscación de sus ahorros en el largo plazo. Pero hoy quiero proponer una tercera hipótesis: los guatemaltecos no ahorramos porque no tenemos en qué invertir.
Ciertamente, hay muchos guatemaltecos a los que les es imposible ahorrar. Nadie les pediría que cargaran en sus hombros con ese peso adicional. Pero en Guatemala también existe ya una clase media urbana con posibilidades de formar capital e invertirlo en el país. Es esa clase media que compra carros y casas y manda a sus hijos a la universidad –esa clase media que debería ser la mayoría– y que podría invertir buena parte de sus ingresos. ¿Por qué no lo hacen? ¿Serán acaso muy gastones?
Antes de apuntar el dedo siempre es bueno situarse uno en los zapatos del acusado. ¿Qué se puede hacer con el dinero ahorrado en Guatemala? La respuesta: casi nada. La opción default es meterlo al banco. “¡A ganar una niñería!” diría mi abuela, con toda la razón. Las tasas que pagan los bancos a sus clientes no alcanzan ni siquiera para cubrir la inflación, lo cual es lo mismo que decir que invertimos para tener menos. No suena muy atractivo. ¿Así pretendemos que la clase media ahorre e invierta en Guatemala?
Viene entonces la pregunta: ¿no hay ninguna actividad productiva que valga la pena en Guatemala? Por supuesto que las hay. Tan solo la semana pasada, El Periódico reportaba sobre lo atractivas que resultan las inversiones en hidroeléctricas guatemaltecas, al punto que son decenas de empresas las que participan en las licitaciones públicas. Lo mismo sucede con la minería. Toda inversión conlleva un riesgo –por supuesto– pero el riesgo de ese tipo de inversiones no parece ser tan alto como para hacer de ello una mala inversión. Es un riesgo que el ahorrante guatemalteco estaría más que dispuesto a aceptar. De hecho, la tolerancia al riesgo de los ahorrantes guatemaltecos ha sido puesta a prueba varias veces en la historia cuando el sistema financiero ha tenido problemas en el pasado y la confianza del ahorrante se ha mantenido. ¿Por qué no ofrecerle entonces, al ahorrante, nuevas posibilidades de inversión?
¿Es acaso estar loco pensar que los grandes proyectos productivos del país puedan contar con capital de la clase media? En los países capitalistas más avanzados, las acciones de las principales empresas se cotizan públicamente en la bolsa y prácticamente cualquiera puede tener una participación. En Guatemala, también podríamos aprovechar la estructura organizativa de las cooperativas y dotarlas de financiamiento para que participen en los grandes proyectos extractivos y de generación eléctrica, a fin de que las mismas comunidades sean las dueñas de estos proyectos. ¿No sería esta también la mejor forma de disminuir la conflictividad social?
Al final, esto no sería más que verdadero capitalismo, el tipo de capitalismo que describió Margaret Thatcher cuando dijo que soñaba con una nación de propietarios. Yo también sueño con una Guatemala de propietarios, donde el agricultor, el chofer y la secretaria puedan ser también dueños de una parte de una plantación de palma, de una fábrica, de una hidroeléctrica o de una mina. Sería una Guatemala en la que ahorraríamos mucho más y creceríamos más, también. Pero para que eso pase, tienen que dejar de vernos a los guatemaltecos como niños que van a malcriar con una herencia anticipada y vernos, en cambio, como adultos capaces de tomar el timón de nuestro destino. Y también abandonar la visión política de los grandes capitales nacionales y extranjeros, que ven a los guatemaltecos como poco más que mano de obra.









