María Isabel Carrascosa Coll

Ayer me dijo un ave…

“Ayer me dijo un ave que volara por donde no hay ardor; que lo sufrido no resucita en sueños ni en rezos nunca murió. Que saque el aire de mis ojos que abrace el miedo con tus sueños; que sea un guerrero de sangre, para que nadie te haga daño” (Ayer me dijo un ave, Caifanes)

El viernes pasado, en el concierto de Caifanes viví un par de horas en la Guatemala de los noventa o al menos en lo que creo pudo haber sido. En los noventa, los jóvenes guatemaltecos experimentaron un movimiento social, como nosotros lo aprendemos en sociología o en libros. O sea, un colectivo que ante una crisis social tiene como finalidad un cambio.

Esta generación vivió parte del conflicto armado interno, también experimentó el fin de ese proceso. Cuestión que la mayoría de jóvenes guatemaltecos no experimentamos porque nacimos al final del conflicto o muchos años más tarde.

Los jóvenes de esa época lograron encontrar puntos en común y dejar las clases, las zonas, las marcas y los prejuicios por un lado. Esto se logró sin fondos de la cooperación internacional o asociaciones que buscan generar espacios de diálogo como lo es en la actualidad, ellos coincidieron de forma espontánea en el rock.

Parece que todos coincidían en que el abuso de autoridad y la violencia no eran el camino. Estos jóvenes buscaban paz y lograron en un diálogo sin palabras, un diálogo ciudadano efectivo. Hago énfasis en la palabra efectivo porque en la actualidad a los jóvenes se nos llama desde distintos espacios al diálogo, muchos participamos de los mismos, pero pareciera que es solo una cosa del momento, que al salir a la calle seguimos siendo un par que con suerte nos saludamos.

Viernes Verde, La Tona, Bohemia y muchas otras bandas fueron actores principales en ese momento histórico y creo que, sin buscar protagonismos, dejaron un mensaje de esperanza y de fuerza, una honesta invitación a ser guerrero soñador. Cuando vi por primera vez el documental Alternativa, la historia del Rock en Guatemala y estando en un concierto como el del viernes pasado me dieron muchas ganas de haber nacido en esa época.

Al salir del concierto, me topé con mi realidad, la Guatemala violenta del siglo XXI. En una gasolinera un borracho imprudente exigía que se le vendiera cerveza, cuando ya era pasada la hora, y el de la gasolinera en lugar de tomar las cosas con calma reacciona de forma desproporcional, le avienta una cerveza y el de seguridad saca la pistola. Todo en cinco minutos en donde viví la historia reciente de Guatemala reflejada.

Este es el día a día, mucho diálogo superficial y poco rock. Ojalá encontráramos esa inspiración que reunió a los jóvenes de los noventa a soñar en una Guatemala mejor.


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