Si hay un más allá, lo más seguro es que ese pensamiento sea el que venga a la mente tanto de Hitler como de sus millones de víctimas al ver lo que sucede en Bangkok. Resulta que en la capital tailandesa, el Führer se ha puesto de moda, pero de una forma que ni él ni sus víctimas hubieran esperado.
El último grito de la moda juvenil ha hecho del dictador alemán –caricaturizado– el tema central de sus satíricas transformaciones de personajes de la cultura pop. Tienda tras tienda llena sus estantes de t-shirts con la cara de Hitler adaptada al cuerpo de Ronald McDonald o al de un Teletubbie. Es la sensación, un fenómeno cultural que invoca el mismo humor infantil que llevó a la estratósfera a Doña Cecilia Giménez y su exquisita restauración del Ecce Homo. Es el humor burlesco que invita a reír de un mundo que se nos ha ido de las manos y que, quizás, nunca debimos tomar tan en serio.
Quién se indigne no ha faltado, como tampoco ha faltado quién se indigne porque otro se indignó. Al embajador israelí no le ha parecido ninguna gracia, como seguramente tampoco le parecerá a los sobrevivientes del Holocausto ni a sus descendientes. Argumentos van y vienen sobre que “trivializar la Historia es invitar a que se repita” o que “ya es hora de superarlo y dejar atrás el pasado”, discusiones filosóficas profundas que –como bien sabemos los guatemaltecos– no tardan mucho en transformarse en competencias de insultos en las redes sociales.
Pero yo me pregunto, ¿qué hubiera pensado el Hitler histórico –el que en su pico realmente parecía destinado a dominar Europa– de saber que iba a terminar así? Probablemente le hubiera parecido indignante, como indignante les parece a sus víctimas que en su memoria quepa –aunque sea en un minúsculo espacio– algo distinto a la más extensa y enfática condena. Y el tiempo –ese ladrón– se ríe burlonamente de ambos porque, como bien cantaba Kansas, nada dura para siempre, más que el cielo y la tierra.
A los malos gobernantes los vamos perdonando cuando se van y prometen no volver. La piedra no resiste al agua asistida por los años. En un intento por confortarnos, la entrada al cementerio de Xela señala “La memoria de los vivos hace la vida de los muertos”. Pero lo mismo ocurre con la memoria del amigo que se nos adelantó. El tiempo la transforma inevitablemente en una caricatura opaca de lo que fue. Y, si esperamos suficiente, el tiempo también borrará cualquier significado que tenga la jerarquía. Basta con ver los nombres de las personas más ricas de la historia, personajes de quienes ya nada queda mientras yacen en la misma tierra que los esclavos.
Cuando este texto sea publicado, faltará poco para que los guatemaltecos conmemoremos el día de los finados. Arreglos florales y barriletes darán testimonio de nuestra fe en la Eternidad. Pero en medio de un país con una tremenda conflictividad, donde los gritos son el Cielo o el Infierno, el Todo o la Nada, tal vez sea de alguna utilidad recordar que nuestros odios como nuestros amores, nuestros logros más preciados como nuestros más sentidos fracasos, lo más sagrado y lo más trivial, por igual, terminarán sin remedio –todos ellos– convertidos en aquello que nadie mejor que Góngora supo describir: “No sólo en plata o viola troncada / Se vuelva, más tú y ello juntamente/ En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.









