La deontología de la comunicación y sus códigos, la aplicación real de la ética periodística, las situaciones posibles en las que nos veríamos inmersos eventualmente… Ana María brillaba apasionada y nosotros, envueltos en el particular magnetismo que emana, nos dejábamos llevar convencidos de que un mundo mejor era posible, de que todo lo que estábamos aprendiendo lo haríamos realidad: seríamos periodistas éticos, responsables, honorables.
Cómo te he recordado estos años Ana María, al leer/ver/escuchar los medios, cuántos suspiros amargos me han robado. Cuánta cólera.
Mientras el pueblo de Totonicapán velaba a sus/nuestros muertos, la radio sonaba asegurando que el conflicto en la cumbre de Alaska se había iniciado por campesinos/indígenas violentos. Los periódicos con alcance nacional relataban otra historia, una historia en la que no participaron estas víctimas, en la que los personajes se asemejaban más a seres de ficción en escenarios construidos al estilo “hollywoodense”. El soldado que velaba por la paz (vaya oxímoron) se enfrentaba contra monstruos diabólicos que como zombis malignos le atacaban… un Sylvester Stallone de la vida, vaya.
Confrontar las versiones, contar con fuentes precisas, diferenciar entre información y opinión, respetar la inocencia, investigar. Parece obvio, simple, básico, sin embargo a las grandes corporaciones mediáticas parece olvidárseles que el código deontológico es el que finalmente permite la credibilidad de lo que narramos. Es ese ente etéreo que permite cierto norte, cierta conciencia en lo que hacemos, aporta a la libertad del periodista, protegiéndolo de los intereses políticos y económicos, y permitiéndole ver y hablar sin ataduras.
Si los gobiernos se han vuelto comisarios del poder económico, los medios no son más que sus oscuros portavoces.









