Carmen Ortiz

Lo último

Hace apenas un mes, Carmen Tacám, presidente de los 48 cantones de Totonicapán conversaba con Carolina Gamazo de Plaza Pública. Nunca imaginó esta joven mujer lo que se aproximaba. Inconcebible advertir que un reclamo de luz terminaría por apagar la vida de siete personas.

Sobre la reforma educativa, habían decidido no apoyar a los  normalistas.  Ignoro en qué momento y por qué cambiaron de opinión.

En la entrevista, Carmen habla del esfuerzo de los cantones por usar el diálogo y la propuesta como vías para resolver los problemas que les aquejan, aunque afirma que: “Algunas comunidades no aceptan esto todavía y dicen que hay que ir y bloquear carreteras”. Reconoce también que el bloqueo es una estrategia que usan al final: “Yo lo último que quiero es llevar a la gente a Cuatro Caminos. Eso implica una gran responsabilidad”.

No hay duda entonces,  llegaron a “lo último”. ¿Qué es lo último?

“Lo último” es no sentirse respetado, considerado, escuchado. “Lo último” es sentirse burlado, es que te incumplan, que te ignoren y te engañen, que te traten como basura o como un tonto. “Lo último” es sentir la hipotermia de la indiferencia. Es que te marginen y desconozcan, que no te tomen en serio ni te den tu lugar. 

El tiempo que transcurre entre el surgimiento de una necesidad y el límite –“lo último”–, suele ser prolongado y tedioso. En todo caso, el sentido –largo o corto–, está dado por el sentimiento de urgencia que experimentan los protagonistas.

Carmen cuenta que se inició una mesa de negociación con DEOCSA y que los 48 cantones entregaron un pliego de peticiones “cinco cosas puntuales”, pero nunca les dieron respuesta.  También dice que la empresa no cumplió con  el ofrecimiento de bajar la tarifa de la energía eléctrica del alumbrado público y narra cómo en pleno diálogo los representantes dijeron: “nosotros ya nos vamos”, poniendo punto final a una conversación inconclusa.

El desconocimiento de la aflicción de un ser humano, lastima.  Pocas cosas incomodan tanto como los gobernantes incapaces de ser empáticos y sensibles a las demandas de la gente,  a esas demandas que no requieren reformas constitucionales ni pueden esperar  hasta que Judas levante el dedo en el Congreso para aprobarlas.

¿Reformas constitucionales? Con el estómago lleno… quizás,  pero en las circunstancias actuales es ironía.

Desconozco la verdad que aun palpita en las densas nieblas de Alaska.  No se si fue el ejército o la policía, un guardia de seguridad privado o un ciudadano común encolerizado. 

Solo sé que la cumbre de escarcha, se convirtió en un cadalso improvisado, en un nuevo símbolo de torpeza,  injusticia y displicencia. 

Solo sé que “lo último” siempre será la muerte y que lo único que se ha abaratado, es la vida.


Recomendados