Cuatro personas fallecieron y más de 30 están heridas tras acciones violentas sucedidas en jurisdicción del lugar conocido como Alaska. A estas alturas del asunto, como suele suceder, unos y otros se tiran la chibola sobre los acontecimiento y los responsables de tan lamentables hechos. Lo que está claro es la repetición cíclica de episodios de violencia extrema, donde los mismos de siempre son las víctimas de esta suerte de canibalismo del siglo XXI.
Protesta tras protesta, las situaciones se han manejado al filo de la navaja. La gota que derramara el vaso se contenía in extremis. Esa acumulación de intentonas no se podía detener más. El peso de los sectores interesados en mantener el estado permanente de agitación de las aguas, es mayor. De lado y lado, esa lógica sigue siendo la predominante. En el medio, las mayorías que reclaman vida digna, recursos, futuro, inclusión, reducción de las asimetrías. Ahora que el agua rebasó los niveles, un montón de temas abruptamente van a cambiar de rumbo. Así, tendremos más presencia del ejército y de la PNC hasta en la sopa, se legitimarán por decreto prácticas oscuras de esas y otras fuerzas de seguridad; se justificará el discurso defensivo de los escenarios de ingobernabilidad como espacios que no admiten tolerancia y la excusa/razón perfecta para hacer todo lo que sea posible para recobrar esos rumbos que nos llevarán al desarrollo.
Una nube gris se cierne para conocer con certeza lo que sucedió este día. En unos días o semanas algo se dirá, solo para acallar algunas voces. Después todo volverá a la aparente normalidad que rige nuestras existencias. Lo que queda claro es que el panorama se presenta como mandado a hacer para enarbolar banderas de más acciones de provocación que terminan en una violencia que nos desangra y coloca a distancia los escenarios de entendimientos y diálogos.









