La clase especializada, como él mismo la llama, es aquella que está conformada por las personas que tienen la claridad de saber qué es lo mejor para todos, y sobre todo lo mejor para la clase financiera, supuesta portadora de bienestar colectivo. La otra clase, pues hace funcionar la sociedad dando su trabajo como materia y la convierte en el qué y para qué gobernar, es decir, todos tenemos nuestro lugar en esa cadena alimenticia, digo, económica. El “rebaño desconcertado”, para Lippmann, no es más que aquellas personas más parecidas a animales, sin rumbo claro, que son como niños que no pueden cruzar la calle solos, y sobre todo, que no se les debe soltar la mano.
Es así como la concepción de la democracia que toma su lugar en la práctica de los estados liberales más antiguos (y a la que aspiramos, con sus matices más o menos totalitarios, los países al que ninguna de esas categorías le queda), es como dice Noam Chomsky, donde no se le permite a los ciudadanos elegir su destino, y donde los medios de comunicación deben a toda costa construir la fantasía del consenso, que implicaría la participación. Nada de esto es real, y la democracia se vuelve la ilusión de ella misma. Los ciudadanos no somos realmente ciudadanos, sino consumidores de 24 horas por siete días. Consumimos desde artículos que se suponen que nos dan estatus, hasta las mentiras de un discurso ideológico que nos hace creer que al participar cada cuatro años diciendo quién de la clase especializada nos puede gobernar, estamos en el juego de la real democracia. Real mentira, si se me permite disentir.
También muchos en estas democracias, donde la ficción y la ilusión tuvieron hasta hace muy poco algunos espacios visibles (llámese desigualdad abismal, pobreza extrema, desnutrición crónica), se creyeron que ellos eran clase media. Es decir, que no solo creyeron que podían consumir arrebatada y antojadizamente, sino que era eran parte de una sociedad sin quiebres de clase. El proletariado era cuento viejo, y se perdió entre la sociedad de consumo permeada por los valores consumistas, resultado de una estrategia de mercadeo tan seductora como falsa. Los que mucho tienen, quieren más y entonces se nos viene la crisis, causa de otra fantasía como la especulación. El proletario resucitó de su tumba, para dejar de consumir primero, y luego para pagar los platos rotos de aquellos que siguen viviendo de su trabajo.
Se le recuerda a la juventud española que se es proletario y que se debe comportar como tal. No hay que cuestionar, no hay que preguntar, no hay que salir a las calles. “Señor tu eres proletario, y te vas a ir a la calle. ¿Te habías creído que eras clase media? No señor, eres un proletario”, decía Luisa Mintegi, una historiadora y escritora del País Vasco, en una entrevista colgada en Youtube. Ser proletario en esta democracia desnuda y salvaje es sinónimo de dependencia económica y política. Cuando ya nadie quiere ser proletario y ya no se recuerda como serlo, la realidad se lo recuerda.
Madrid en estos días no hace más que proletarizarse, reconocer quién es quién en este sistema salvaje. A golpes y políticos indiferentes, pero también a camareros y hombres, mujeres valientes. Nada más cierto que un “coño, soy compañero”.









