Elizabeth Ugalde

El costo de ser consecuente

Mi hija está a punto de terminar el bachillerato. En pocas semanas habrá hecho su último examen.

El Colegio ha previsto un evento en el cual, los docentes le devuelven a los padres, esos chicos que están a punto de graduarse.  Así como  nosotros entregamos a aquellos pequeños asustados, hace una década, así mismo, ellos cerrarán el círculo, devolviéndonos a jóvenes graduados listos para comenzar una nueva aventura.  La que ellos mismos decidan.

He aquí el primer desafío, decidir qué quieren ser en su vida.  Un amigo tico  escribió, que un chico a los 17 años, 364 días, 23 horas, 59 minutos y 59 segundos es menor de edad, dependiente de sus padres, y hasta cierto sentido, incapaz de tomar sus propias decisiones; pero un segundo después, se convierte en mayor de edad y por tanto dignatario de tomar las riendas de su vida.  Un segundo es el tiempo que le toma a la sociedad dejar de considerarlo un niño y asumirlo como adulto.

Los padres acostumbrados a tener la patria potestad de nuestros críos, entramos en franca contradicción después de ese segundo.  Algunos prefieren seguir teniendo el control y optan por decidir autoritariamente, con mucho amor y seguro con buenas intenciones, la carrera de sus hijos.  Vas a ser abogado, porque es lo mejor para tu futuro, sentencia el padre.  Tienes vocación de médico y en esa carrera se gana pisto, asegura la madre.  El resultado, más común es que el muchacho o la muchacha, termina estudiando algo que no quería.  Con suerte se da cuenta a tiempo y logra ya con más madurez, tomar el timón y guiar el barco  a su destino.  Otros, terminarán siendo el profesional que sus padres quisieron; unos frustrados y otros felizmente acomodados se adaptan.

Otros padres prefieren que sus hijos tomen sus propias decisiones, pero quieren que se definan en ese último minuto.  Es decir, antes incluso de graduarse de la secundaria, tienen de definir qué carrera van a seguir.  Tan niños como son aún y siendo tan tiernos tendrán que tomar una decisión tan trascendental. 

Yo también tuve esa edad y tampoco tenía la más remota idea de lo que quería ser a nivel profesional.  Suficiente era para mí, la convicción de que iba a seguir la universidad.  Mi madre me repitió mil veces, “hija tienes que ser profesional porque si te va mal en el matrimonio, con un título te puedes defender sola, no vas a necesitar estar casada para poder salir adelante”. Mamé ese discurso desde siempre, y lo tenía escrito en la piel, iba a ser profesional, pero no sabía cuál.

Mi hija aún no sabe con certeza qué carrera va a seguir.  Como madre que quiere ser consecuente, he optado por darle tiempo.  El último segundo antes de los 18 años, se le extenderán hasta que ella encuentre su camino.  Confío en que con más tiempo y navegando en otros ambientes, ella podrá ir encontrando las respuestas que necesita.

No dejo de confesar mi angustia de pensar que no llegue a encontrar las respuestas o que finalmente se equivoque;  pero prefiero correr ese riesgo, antes que decidir por ella o presionarla para que tome una decisión para la cual no está preparada.

Solo el tiempo me dirá si tengo  razón.


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