En nuestro territorio, sin embargo, las lluvias siguen cayendo más o menos por la misma época, unas más, otras menos, pero causando efectos diversos dependiendo quién hable de ellas.
Para quienes gozamos de un techo y una cama, de comida y un empleo, las lluvias causan diversas emociones. Por ejemplo, para algunos es tiempo de nostalgia por el Sol que se ha escondido, para otros como yo es tiempo de tristeza en esos días grises y mojados en los que quisiéramos estar arrellanados en nuestro lecho con un buen libro, una taza de chocolate, sin tener qué salir ni enfrentarnos con esas gotas de agua, que se convierten en granizo y que si nos descuidamos nos mojan hasta los tuétanos.
Con las lluvias nos gusta, si el espíritu juguetón aún nos invade, saltar charcos y reír, y mojarnos algún día sin cubrirnos con un paraguas, y poner barquitos de papel para que se deslicen en las corrientes de agua que se forman frente a nuestras casas y ver cómo transitan veloces por ese río que es la vida.
Pero es suficiente salir de casa para dejarnos de ensoñaciones idílicas y caer en la cruda realidad poco poética que viven las mayorías con quienes compartimos el territorio. Empiezan las lluvias y comienzan los desastres. Coinciden las tormentas con algún huracán impaciente y los techos salen volando y van a parar detenidos como el mejor cuadro surrealista en el alambrado eléctrico de algún poste. Los ríos se desbordan y se llevan consigo casas, escuelas y las carreteras empiezan a mostrar las heridas de su pésima construcción, y los hoyos van creciendo hasta que los vehículos forman grandes filas para no caer en sus precipicios.
Empiezan las lluvias y los puentes comienzan a oscilar de un lado para otro. Tiemblan y caen, es la peor paradoja del subdesarrollo: los mismos puentes se derrumban en los mismos lugares, por las mismas fechas afectando a las mismas personas como si año tras año se repitiera el ciclo en espiral de la desgracia de muchos, para el beneficio económico de unos cuantos. Probablemente los de siempre.
Empiezan las lluvias y comienzan a reverdecer los árboles, las hojas, las flores. Crecen las cosechas y están allí los agricultores rogando a todos los santos patrones y haciendo clavito porque no venga otro huracán que devaste con sus garras asesinas todo lo que esté a su paso.
Empiezan las lluvias y las casas comienzan también a mostrar el deterioro de su lucha incesante contra el agua. Los chapuces del verano anterior no pasan la prueba ni el desafío de calidad. Porque hayamos pagado a un arquitecto o a un maestro de obras, los resultados son iguales, a veces peores: goteras como estrellas en el cielo, paredes mohosas, techos que se caen, muros que se derrumban, todo se daña, todo se arruina.
Eso sí. El olor a tierra mojada todavía puede sentirse como un perfume que aún es de todos. El verde es un color exuberante que se impone a los ojos, y los goterones de granizo, si no nos derrumban la casa, la vida, la familia, los sueños, los anhelos, suelen ser agradables y maravillosos.
Después, en el horizonte, el infaltable arcoíris que nos llena de esperanza. No sabemos el porqué, pero nos anima y alegra los corazones.
Qué de contrastes tienen las lluvias. Qué de maravillas y qué de horrores. Qué de vidas y qué de muertes. Lo mismo de siempre, a veces peor, a veces mejor.
Eso sí, si se atrasan un poco, si no nos mojan como debieran en el tiempo justo, entonces empezamos a preocuparnos.
Las lluvias, siempre las lluvias.









