Gabriela Carrera

Sin ser la Malinche

Cuando crecí, y conocí la voz de Chavela Vargas, siempre me retumbaban esas palabras. La voz de Amparo Ochoa era el espíritu de Chavela.

Costarricense de nacimiento, fue en México el país que la acogió. Al igual que otras mujeres centroamericanas que no encontraron apoyo en su tierra, migraron al norte y ahí, un país más grande donde la vida bohemia era más amplia, pudieron, de alguna manera, encontrar un espacio.

Chavela Vargas es ante todo sinónimo digno de rebeldía. Ante una sociedad conservadora y cerrada como la suya en su momento, cantó. Frente a costumbres absurdas que llamaban fáciles a las mujeres que se expresaban con su voz, se fue sin remordimientos. Contra todo pronóstico de triunfo que no buscaba, logró convertirse en una de las mujeres  más queridas y admiradas de Latinoamérica. Se elevó como heroína insurrecta, que trascendía décadas, momentos políticos, sin perder así la presencia de una rebeldía tan genuina como necesaria.

La rebeldía la llevo a vivir una vida de libertad. Vivió cómo quiso, se dejó enamorar muchas veces, no ocultó el placer por el buen tequila (que muchos llamaron “problema”), viajó, se dejó querer y vivió haciendo lo que quería. La máxima de la libertad fue esperar la muerte sin miedo, convencida de lo que había vivido y sin la necesidad de regatear más tiempo.

El saberse libre, le regaló por la conquista, la sonrisa difícil de quitar y el buen humor. Buen humor que siempre daba en ofrenda en cualquier entrevista, en cualquier reportaje, en cualquier canción. La pasión, don también de la libertad, hizo que cada momento que viviera entre nosotros Chavela Vargas, fuera un recordatorio de que tal vez no se sabe por qué se está en este mundo, pero hay que gozar la vida.

Después de saber de su enfermedad y de su hospitalización, Latinoamérica sabe de su partida. Dejamos ir a Chavela Vargas, deseando que si hay más allá, viva tan bien o mejor de cómo vivió en este mundo. Seguramente a donde vaya, se le recibirá con una guitarra, un tequila y una mesa para platicar.

Por mi parte, seguirá siendo esa mujer que sin ser Malinche, dijo “mejor no” a las costumbres conservadoras y vivió. Además nos da el orgullo de entender y poder cantar su música y decir que algunos crecimos también con ella.


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