En las semanas recientes, diversos medios de información estuvieron desarrollando entrevistas y análisis sobre los primeros seis meses de la administración del Estado. Expertos, ciudadanos de a pie y los mismos funcionarios opinaron sobre los aciertos, fallos y debilidades que percibieron durante la gestión de los funcionarios. Me llamó especialmente la atención un punto de coincidencia de doble arista: El actual gobierno ha tenido buenas iniciativas para hacer cambios en temas fundamentales como finanzas, educación e incluso la Constitución… PERO… ha fallado en la manera de socializarlas.
Los críticos señalan que en la oposición y conflictos recientes muchas veces se trata de un no a manera de socialización más que una negativa a la propuesta. Se le ve como un monstruo de dos cabezas que de un lado aparenta ser de ayuda a un proceso de deliberación, pero que del otro se convierte en un distractor de objetivos maquiavélicos en su contra.
Uno de los primeros pasos para cortar las cabezas del monstruo es acabar con la ambigüedad del término. Socializar es de esos verbos que vio la luz en los últimos años junto a otros vocablos del diccionario del fortalecimiento democrático, tal como diálogo, negociación e inclusión. Sin embargo, al igual que estos, corre el riesgo de caer en el desprestigio si en lugar de ser utilizado efectivamente se le manosea.
En algunos casos, el término socializar se restringe a armar grupos focales para cumplir con el requisito de un cooperante internacional. En otros, se trata de mesas de discusión en la que todos hablan pero ninguno se escucha. Y en la mayoría de los casos se trata más bien de informar sobre una idea preconcebida y tal vez hacerle arreglos cosméticos. Cualquiera de estos escenarios se asemeja más a un plan de marketing –o complot de chantaje– que a un proceso de socialización genuino.
Socialización es un concepto engendrado como parte de los modelos de desarrollo alternativos a los sistemas de imposición que demostraron no solo ser insostenibles e inefectivos sino dañinos a la ética pública y la gobernabilidad de los países. En América Latina, fue concebido con el aporte de grandes pensadores como Paulo Freire, Daniel Prieto y Luis Ramiro Beltrán. Desde la sociología, la pedagogía y la comunicación propusieron que otro desarrollo basado en procesos incluyentes no es sólo posible sino necesario.
Propusieron entonces la socialización como base de procesos enseñanza-aprendizaje, políticas públicas, y el cambio social. Estos procesos se caracterizan por ser construidos (no impuestos), horizontales (no verticales), equitativos (no exclusivos) y basado en conversación (no solo información). En otras palabras, todo lo contrario al “miren aquí les trajimos esto para que se enteren lo que se va a hacer” o al “ustedes son unos criminales pero sentémonos a dialogar” que hemos visto en ocasiones recientes.
Los guatemaltecos estamos de acuerdo en la necesidad de cambios de fondo. Pero para ello también es importante refinar la forma. El proceso de socialización es parte fundamental de aprender a construir democracia. Si esa es la verdadera intención que se tiene.









