Míchel Andrade

Qué se jodan…

La semana pasada, tras el anuncio de los nuevos ajustes del Gobierno de Mariano Rajoy, España vio con estupor el exabrupto de la diputada Andrea Fabra, a quien se podía escuchar sobre el clamor de los aplausos de la bancada del Partido Popular, gritando “que se jodan”, justo después que el Presidente anunciará el recorte a los beneficios de desempleo.

Las palabras de Fabra fueron tomadas como un insulto dirigido hacia los parados, un grupo especialmente importante en España, si se toma en cuenta que alcanza a más de 4.600,000 personas.  Pese a que  Fabra lo desmintiera, señalando que sus palabras iban hacia la bancada del PSOE, el daño a la imagen de esta joven diputada estaba hecho, y el PP, a regañadientes, anunció que la había apercibido por su conducta.

El perfil de Fabra apareció rápidamente en toda la prensa española, destacando su meteórica carrera en tres legislaturas, y el hecho que su padre, un político imputado por varios delitos, fue uno de los impulsores del proyecto del aeropuerto de Castellón –el aeropuerto sin aviones, como se lo conoce–, uno de los monumentos al despilfarro de la bonanza constructora de España.

A un latinoamericano promedio, este tipo de conducta por un diputado no le resulta nada nuevo. En el Congreso del Ecuador de los años ochenta, parte de las técnicas legislativas de la época, incluían el lanzamiento de ceniceros de cristal –en aquellas épocas en que fumar no era políticamente incorrecto– dentro de la sala de sesiones. Uno de esos objetos voladores alcanzó la cabeza de un diputado que no dejó de explotar su condición de víctima hasta convertirse en uno de los peores presidentes en la historia de los ocupantes del palacio de Carondelet.  Claro, la medida inmediata fue cambiar los ceniceros de cristal por unos de aluminio, más ligeros y menos peligrosos como objetos contundentes.

Ejemplos como el anterior sobran, y en casi todos los países del mundo. Una simple búsqueda en Youtube, nos llevara a una amplia galería de golpes de diversas técnicas, insultos, lanzamiento de objetos, y más reciente y localmente, de maratónicas intervenciones, que por más de cuatro horas consiguen bloquear las sesiones del Legislativo.

Sin embargo, el ejemplo de Andrea Fabra, así como los golpes y los discursos, puede interpretarse como una muestra del desprecio de la clase política hacia el ciudadano común, que al final de cuentas, se convierte en un proveedor de votos que se compran por diversas herramientas de mercadeo y clientelismo, sin cuentadancia ni responsabilidades.

Cada nueva elección lleva las mismas caras hacia las curules legislativas. Y en esta medida, la responsabilidad es de los votantes. Suya y mía.

Algo deberá cambiar…


Recomendados