Se ha tratado de mantener agrupaciones estudiantiles (que son las plataformas de participación universitaria y que entre otras funciones tiene el derecho de postular una planilla para asociación y representación ante el consejo de Facultad) preocupadas por visibilizar al estudiante y por crear espacios de reflexión más allá de las aulas. Los que hemos participado sabemos qué significa la indiferencia del universitario.
Teníamos el referente de las formas de organización sancarlista de los años del conflicto armado. Lo que sabíamos era lo que leíamos en algunos libros de historia o de memorias y siempre escuchábamos con interés y curiosidad la experiencia de algunos amigos que estudiaban en las carreras humanistas y sociales de la San Carlos. Bien o mal, los actuales colectivos a los cuales pertenecían nuevos conocidos que encontrábamos un poco por todos lados y que eran de la universidad pública duraban en el tiempo, tenían la capacidad de responder de alguna manera a la coyuntura nacional, podían tomar las calles y se les escuchaba.
No conozco ningún intento de organización en las universidades privadas que tenga esa posibilidad. Los universitarios que pagamos nuestras cuotas de estudio elevadas están en voluntariados, en uno que otro partido político, en un grupo de parroquia o de iglesia. Tal vez nos preocupamos mucho más en salir a trabajar o fuera de país con una beca para continuar los estudios. Nuestra referencia a lo colectivo no pasa por la organización, por lo que otros valores (sociales, ¿tal vez?) no están siempre despiertos. No logramos realmente ponernos de acuerdo, no alcanzamos a encontrar aquellos problemas e intereses que compartimos como “comunidad académica de estudiantes”, se nos es difícil preocuparnos por algo más que las notas y nuestro porvenir profesional y qué tanto se nos dan las herramientas para lograr el carrito de lujo. Cuando esto se convierte en una ausencia de diálogo, consenso, postura y organización política, nuestro ser político (tan real y necesario) se individualiza y pierde de vista, a falta de uso, la solidaridad y la participación en lo público, la conciencia y la historia crítica de nuestro presente.
Es en la universidad que se entrecruza la voluntad de la juventud y su deseo (cada vez menos generalizado) de aportar al cambio de la estructura política y económica actual y el conocimiento para hacerlo. Es también en la universidad en donde nos encontramos de manera “intergeneracional” con otros hombres y mujeres que se dan a la tarea de compartir su experiencia y sus ideas. Profesores que han abierto brecha para otros estudiantes que como ellos en su momento buscaban nuevos caminos de lo política y la política.
Cuestionarnos quien ha sido el sujeto universitario en Guatemala y lo que es hoy es una duda que problematiza nuestro sentido de estar las aulas. Una problematización que va acompañada por una nueva historia y por lo tanto un diferente análisis de nuestra realidad. Quisiera en los próximos lunes referirme a las palabras generosas que nos ofrecieron Víctor Ferrigno, Factor Méndez y Víctor Gálvez Borrell a un público sancarlista y landivariano en un Iglu de la Ciudad Universitaria, y que ha sido el inicio de reflexiones académicas y políticas de un grupo de universitarios para comprendernos y construir en común una vía de acción.









