No nos damos cuenta que al encerrarnos de esta forma solamente estamos evadiendo los verdaderos problemas: la desigualdad extrema, la falta de oportunidades y la debilidad institucional del Estado, como único garante de la seguridad, por falta de recursos y de interés.
Todas y todos hemos sido víctimas de algún hecho de violencia y si no en carne propia, algún familiar o amigo cercano lo ha vivido y nos lo ha contado. No podemos negar que este tipo de situaciones generan miedo, impotencia e inseguridad. Sin embargo, la respuesta más fácil y práctica que hemos encontrado es encerrarnos, resguardarnos, encarcelarnos.
Nuestras casas tienen barrotes en cada ventana y las casas de los más pudientes, alarmas modernas y sofisticadas. Para entrar y salir a los condominios, colonias y calles tenemos que pasar por garitas de control donde renunciamos a nuestro derecho de libre locomoción, además de dejar en muchas ocasiones nuestros documentos de identidad personal sin ni siquiera pensar en las implicaciones que esto tiene. En la gran mayoría de edificios de oficinas, instituciones públicas y privadas, aeropuertos y otras lugares de trabajo debemos identificarnos, uno, dos y en ocasiones, hasta tres veces según el lugar a donde vayamos. Y qué decir de los policías o guardias de seguridad privados que están por doquier con armas de fuego, que en la mayoría de los casos ni siquiera saben utilizar, pero a la vista de todas y todos, desde los más pequeños hasta los más ancianos, como si esto fuera normal, ¡qué ejemplo para los niños y jóvenes!
El Estado es débil e inexistente en algunos lugares, y los gobiernos se han mostrado incapaces de proponer soluciones reales y coherentes a los problemas estructurales del país. El actual gobierno ganó las elecciones, en gran medida, gracias a su propuesta de mano duro frente a la delincuencia y la inseguridad, sin reconocer y verdaderamente querer entrarle a resolver los problemas estructurales del país. Y, ¿en que se ha traducido su propuesta? Mejor enciérrese en su casa, no salga, encarcélese, sobre todo si es mujer. ¡Vaya propuesta!
Yo cada día me siento más privada de libertad, y me pregunto qué tanta diferencia pueda existir en términos de sensación de libertad, entre una persona que se encuentra en una cárcel y un ciudadano, de zonas marginales o zonas exclusivas, de distintos estratos sociales, pero finalmente todos viviendo día a día en una sociedad repleta de barrotes, garitas de control, guardias y armas. Esto no es libertad.
No dudo que estamos pagando una condena colectiva e individual. Como sociedad hemos permitido que por siglos las condiciones de desigualdad se perpetúen, que nuestra sociedad en vez de desarrollarse se degenere. Y como individuos pagamos una condena por el individualismo exacerbado, el miedo a decir basta y a ser más críticos y especialmente por la falta de solidaridad cada día más evidente y creciente. Mientras no cambiemos de rumbo individual y colectivamente, nuestra condena está cada vez más cerca de convertirse en cadena perpetua.









