Imaginaba que ya ese clan de niños que se reúnan con los libros, que abrían las páginas y se entrometían en la mente del escritor, estaba en peligro de extinción. Bichos raros entre niños asombrados por la tecnología y sus encantos. Yo misma acabo de recordar los fines de semana que zarpaba a la búsqueda de nuevas historias de mujercitas en barcos de vapor, escondida bajo la mesa de madera gruesa del abuelito que no conocí. Leía hasta llegar a la otra orilla. Mientras pensaba cómo convencer a mi papá de la necesidad de comprar otro libro, me perdí el descubrimiento del game boy. Claro, yo también quería ser escritora, aunque nunca lo confesé.
Amigos (todos hombres, ahora que lo pienso) me contaban de cómo de niños habían fantaseado con ser escritores. Dos de ellos periodistas de gran talla, se reían cuando me lo decían. Un poco apenados de develar esas niñerías. Decidieron, aún así, ser periodistas para poder escribir, para acercarse a ese oficio raro. Ahora me encuentro, por azares de la vida, con que ser escritor sigue siendo anhelo de muchos. He leído poemas y cuentos y la pregunta constante de sus autores –duda de vida– es la que ya Rainer Maria Rilke le imponía a hacerse a Kappus, el “joven poeta” de sus cartas: “Sólo hay un recurso: vuelva sobre sí mismo. Indague cuál es la causa que lo mueve a escribir; examine si ella expande sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiésese a usted mismo si moriría, en el supuesto caso de que le fuera vedado escribir”.
Ser escritor pareciera que es un oficio en desuso. Pareciera que es un oficio pocas veces se piensa para ser futuro en Guatemala. A veces somos muy críticos con los escritores nacionales, pensamos que “no escriben tan bien”, esperamos Pizarniks, Borges o Octavios. He pensado que la vocación del escritor, como todo oficio no nace de los estudios formales o del conocimiento, sino del compromiso con la palabra, su estética y la obra. Y la palabra y la estética dependen del contexto del que nace, así la literatura se convierte en espejo y el escritor en creador de nuestra imagen. No aseguran –ni el escritor ni nadie–, que el reflejo nos agrade.
En nuestro país faltan más escritores porque falta entendernos como humanos, como sociedad, como individuos en una historia. Quiero más escritores en Guatemala para que nos posibiliten construir nuevas maneras de vivir entre nosotros. “Escribir desde la ironía, la jactancia, el ánimo clásico; escribir a partir de los temas nacionales o de las experiencias comunes a todos; escribir desde la pasión por la técnica o, no sin precauciones, desde el arrebato de las inspiración… Escribir, por ejemplo.”, dice Carlos Monsiváis. Ahondar en quien sé es, porque se es un ser social, es siempre una contribución voluntaria, consciente o no, a una sociedad que carece de identidad, de referentes colectivos, de literatura propia. A los que nos devuelven ese derecho, gracias.









