Gabriela Carrera

Para verlos mañana

Dicen que el trabajo dignifica al hombre. También dicen que el trabajo es un regalo del cielo. En la situación de hoy, es bueno cuidarlo a toda costa, y hacernos de la vista gorda ante cualquier abuso.

Muchos creen en la plenitud que el trabajo nos da,  y no sé qué pensar de esto cuando veo en Guatemala que hay niños que trabajan, hombres de zafra que envejecen tan rápido, mujeres que les toca mantener dos trabajos y la casa. Pienso en esos mitos del desarrollo que las ideas capitalistas nos venden y que nos hacen abrir “zonas francas” y hablar de competitividad a base de salario flacos, acoger amablemente a los patrones extranjeros con sus megaproyectos que se chupan el agua de tantas comunidades y ennegrecen nuestros territorios… Como todo mito, la verdad es bien diferente.  A la luz de las pruebas me digo que parecen puros cuentos.

Quisiera reflexionar en dos aspectos muy puntuales del trabajo que en Guatemala han tenido una constante importancia, desafortunadamente. Parto del hecho de que el trabajo es parte de la vida del ser humano, con la que logramos sobrevivir unos más y otros menos. El trabajo –como lo concebimos en nuestras sociedades idiotizadas por la plata e idiotizantes por ideas como el éxito–, es tiempo y energía que podríamos pasar con la familia, o conociendo lo que nos rodea, o leyendo… El trabajo consume nuestra vida: ocho horas diarias, cinco días a la semana, si nos va bien. Además tenemos que cuidarnos del vecino que puede resultar más capaz, o de la tecnología que nos pisa los talones y nos deja obsoletos para las tareas que nos piden desempeñar.

Aún así, todos estamos de acuerdo en que el trabajo es el creador determinante de la riqueza, de la economía humana de consumismo y de ilusión. Ni en nuestro país ni en ninguno, el trabajo tiene una relación directa con el salario que se recibe, pero en otros lares, es menor el abismo. Aunque es difícil pagar por el tiempo-vida que pasamos trabajando, siempre se pueden mejorar los salarios de miseria que tenemos, que se hacen más chiquitos en las crisis que no generamos pero que sí pagamos. Aquello que dijo Marx en sus Manuscritos sobre el salario parece tener vigencia para muchos en Guatemala. Al obrero solo se le paga para que “él exista no como hombre, sino como obrero, para que perpetúe no la humanidad, sino la clase esclava de los obreros”. Pero mientras unos se rompen el lomo, otros viven en un lujo cínico.

Parece entonces que la razón de no ser un “país desarrollado” no pasa por ser un país que no trabaja. No somos haraganes. La defensa de las condiciones del trabajo, en un sistema capitalista difícil de transformar de la noche a la mañana, pasa también por exigir mejores condiciones, mejores salarios. Al final, estamos defendiendo nuestra propia vida y la de nuestra familia. Mientras el trabajo sea visto únicamente como la manera de sacarle raja al esfuerzo del otro, es decir como una mercancía y como una variable de producción, no tendremos sociedades más humanas. Así que ahí los veo mañana, en la marcha.


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