Menuda sorpresa para quienes construyen la canasta básica, ahora la cuenta de celular parece ser para algunos, parte de su mínimo vital; y además de consumo masivo porque si nos atenemos a las estadísticas, en Guatemala hay más teléfonos móviles que personas.
Ya no es posible recordar cómo se trabajaba y a veces como se socializaba en la época anterior a las tecnologías de la información y la comunicación; y sobre todo viendo la forma como han concurrido al teléfono móvil los servicios de internet, banca móvil, correo electrónico, agenda, cámara fotográfica, juegos y en fin, paremos de contar porque las posibilidades se antojan infinitas al punto que hace algunos años fue tema de discusión sociológica la llamada Aldea Virtual de Helsinki, que pretendía crear un área residencial que proporcionara a los trabajadores y residentes de la misma una infraestructura inalámbrica de vanguardia y los servicios más avanzados, sin tomar en cuenta conexiones de PC, sino que a partir de un teléfono móvil.
El diario “El Mercurio” de Chile, publica esta semana un artículo interesante sobre el tema, del cual me permito trasladar algunos párrafos: “Aunque suene paradójico, recientes investigaciones sugieren que en la medida en que la tecnología nos hace sentir más cercanos al mundo, es menor la necesidad de tener contacto real con los demás.
Basándose en observaciones a grupos de estudiantes universitarios de ambos sexos, investigadores del Robert H. Smith School of Business de la Universidad de Maryland concluyeron que mientras más se usa el celular, más egoísta se vuelve la persona.
Conductas que se suman a investigaciones previas que dejan en evidencia cómo el uso del celular ha cambiado la forma de relacionarnos. “Uno de ellos es el de la fantasía de una disponibilidad casi absoluta y permanente, que puede terminar por convertirse en una esclavitud”, comenta Francisca Pérez, psicóloga de la Universidad Andrés Bello.
O sea, se instala la idea de una cierta obligatoriedad de estar disponibles siempre.
A eso se une que situaciones en las que por educación antes no se interrumpían, ahora es común ver personas que sí lo hacen: contestan una llamada en medio de una reunión, de una película en el cine o de una misa.
En su libro ‘Connections: Social and Cultural Studies of the Telephone in American Life’, James Katz, director del Centro de Estudios de Comunicaciones Móviles de la Universidad de Rutgers (EE.UU.), plantea que la crítica a la mala educación de los usuarios de celular es con elástico. “Cuando uno ve a otras personas haciendo esa clase de cosas, piensa que las hacen por motivos egoístas; pero cuando uno mismo las hace, las justifica”.
Una actitud que viene heredada quizás del carácter excluyente que tuvieron en sus inicios estos aparatos.
“Años atrás, los celulares eran exclusividad de los poderosos, pero ahora que son bienes del mercado masivo, todo el mundo tiene delirios de grandeza, y actúa en consecuencia”, comenta Eric Cohen, editor de The New Atlantis, una publicación dedicada a la tecnología.
Fin de la cita, y como dijeran Los Tigres del Norte “con mi celular en la mano, parezco un romano, de la antigüedad”.









