Sonia Pérez

Las niñas y los niños, los más frágiles

Hace un par de días leí en Prensa Libre, una noticia sobre un niño de 10 años que fue abusado. El niño, según relata la nota periodística, empezó a trabajar en un taller mecánico en Huehuetenango, al parecer un negocio familiar.

El sábado pasado, el menor llegó a su trabajo y fue allí donde tres hombres, que según decía la nota son familiares del niño, lo agarraron y le abusaron; introduciendo una manguera de aire en su recto y al dejar pasar el aire hizo estallar su intestino grueso.

Cada vez que me entero de una agresión a una niña o un niño, mi cuerpo y mente se exacerban sin límite. El solo hecho de pensar que una persona con mayor fuerza pueda abusar de una persona menor me hace perder la fe en algunos seres humanos, me hace pensar que no tienen ni justificación ni perdón, que merecen lo peor.

No puedo dejar de pensar en el niño y su sufrimiento, pero sobre todo, las consecuencias que tan tremendo y aberrante abuso pueda tener. ¿Cómo será su vida ahora?, ¿qué secuelas psicológicas va a tener?, ¿qué secuelas va tener en su cuerpo?

Me dio rabia pensar que más allá de los criminales que provocaron este daño, están los responsables de un sistema en el que vivimos donde un niño tiene que buscar un trabajo para ayudar a su familia y exponerse a tal situación. Pensé en la familia y mi enojo creció, porque pasados los días no habían hecho ninguna denuncia sobre el hecho, no sé si por temor o porque los supuestos atacantes eran familiares. Yo, aunque creo en la justicia, posiblemente hubiera actuado diferente, la rabia sin duda hubiera nublado mi razón.

Ayer otro hecho sucedió, uno que no está lejos de ser igual de indignante, la muerte de un niño de 7 años de un disparo. ¿Qué lleva a alguien a balear a un niño de 7 años?

Otro caso que me impactó es el de la captura, en Olintepeque, de una mujer que quiso quemar vivo a un niño de 6 años en diciembre pasado. ¿Qué hizo que esta mujer pensara en quitarle la vida a un niño de forma tan cruel?

Estos casos me recuerdan los vejámenes que sufrieron  Alba Michelle España y Keneth López, los dos niños que fueron asesinados por personas vinculadas a la trata de personas. Sus muertes no quedaron impunes y además sus familias convirtieron el dolor de sus muertes en esperanzas para otras familias, creando la Ley Alba-Keneth que ordena la búsqueda inmediata y de forma organizada de menores de edad que desaparecen.

Las niñas y los niños no tienen más que a los adultos para defenderlos, en sus derechos, en sus necesidades. Somos nosotros los responsables de las personas que serán en el futuro, ese futuro donde ellos serán los responsables de nuestras vidas.


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