La “Lepita”, como le decíamos de cariño, nos hacía viajar al Chinique quichelense, al puente de Los Esclavos, al Jocotillo donde formó una familia. Era cuando hablaba de su familia y de Mamá Sergia que todos los nietos nos callábamos y poníamos atención. Jaime Luis me hace recordarla y le pido que me ayude con esta columna y que la escriba conmigo. Le cedo la palabra.
Una tarde de 1922. Una mujer intenta dar a luz en la habitación más triste de la casa. Lleva horas en trabajo de parto y el pronóstico pinta muy mal. Ella lo intuye, así que manda a llamar a Sergia, la hermana de su esposo. Entre sollozos le pide, le ruega algo. Sergia asiente con la cabeza, trata de calmarle, le dice que no tema, que toda estará bien, le promete. Esa noche la mujer fallece. El bebé en su vientre no llega a conocer la luz del Sol…
Días más tarde Sergia rompe su compromiso con el apuesto licenciado al que amaba y con quien iba a casarse en unas pocas semanas. ¿Motivo? Esta mujer le ha prometido a su cuñada hacerse cargo de los cuatro huérfanos que ha dejado, la más pequeña de apenas un año. Con recién cumplidas las 18 primaveras, la historia de Sergia discurrirá entre fatigas y penas, y educará, de manera admirable, a Ester, Rubén, Jorge y Edelmira. Más tarde, cuando Rubén se encuentre solo y con tres hijos, Sergia asumirá la responsabilidad de criarlos como madre y abuela.
No sé muy bien donde comienza la historia de cada persona. Algunos dicen que en el momento de la concepción; otros sugieren que al principio no somos más que células y que, por lo tanto, se es persona unas semanas después; los hay quienes piensan que pasamos la eternidad saltando de cuerpo en cuerpo, una y otra vez… A mí me gusta pensar que todos somos fruto de un Amor (con mayúscula), y que ese amor se manifiesta constantemente, en ocasiones de manera milagrosa, mucho antes de ser concebidos. Por eso yo digo que mi historia comenzó con Sergia, con su generosidad para entregar su virginidad, su vida, su amor, por cuatro chiquillos a quienes dio la oportunidad de tener una madre.
En estos días en que estamos tan acostumbrados a escuchar noticias desagradables he querido recordarla, porque en el fondo creo que Sergia no es un incidente aislado, un evento afortunado, un caso en un millón… Estoy seguro de que si afináramos nuestra vista, que si limpiásemos nuestra alma, que si tuviésemos más tiempo para escucharnos, descubriríamos que en el mundo hay muchas más Sergias de las que imaginamos, muy cerca de nosotros o quizás, porque no, dentro de nosotros mismos. Al final de cuentas son estos actos los que nos permiten sentir que no todo está perdido, que ser hombres puede y debe ser algo más de lo que sugieren los periódicos. Y es que esa tarde de 1922 Sergia, la joven madre, daba a luz a más de un hijo. Uno de ellos hoy cuenta su historia.









