Karina García Ruano

Catarsis pos-toma

El cúmulo de eventos por la toma de posesión de las nuevas autoridades del país lo deja a uno con un efecto: necesidad de catarsis pos-toma aguda. Desahogarse que le dicen.

El envoltorio. Lo que algunos llaman manejo de imagen y que en eventos de esta envergadura no es más que un juego de simbolismos. Desde días antes de la toma de posesión, medios masivos y redes sociales rebalsaban comentando las ropas de marca que el presidente y vicepresidenta usarían. Y luego, los costos del evento. Diez millones de quetzales.  Todo enorme. Un poli-deportivo lleno de “invitados especiales”. Escenario, cámaras y alfombra roja, todo a lo grande. Vaya símbolo de preocupación por la crisis económica del país.

Los invitados. Gran ausencia de países del Cono Sur y el Caribe del continente. Gran afición por homólogos que pareciera son el modelo wanabi (Santos y Calderón). Repititivos alabos y bienvenidas.  Y afuera, los ciudadanos esperando por horas la salida del presidente, ya de noche y en números escasos comparados con otros eventos similares. ¿Por qué no se pudo hacer algo más sencillo, tipo la toma de la Kirchner en Argentina y luego un recorrido con la luz del día para que los seguidores –quienes deberían ser la esencia del festejo– saludaran a su nuevo mandatario?

Los bochornos. ¿Qué hacían el presidente y la vice entonando el Himno Nacional con la  mano empuñada? Cuando ya medio se nos estaba olvidando lo retrógrado de su eslogan autoritario y medievalezco.  ¿Y qué hacían esas sillas vacías de los diputados de Lider y UNE ausentes? Qué desilusión que confirmaran que sus intereses personales y partidarios valen más que los colectivos y del pueblo que los eligió. Desde ya, mi voto de desconfianza.

El contenido. El discurso del presidente tocó puntos clave, pero se perdían por lo extenso, duplicado y por ratos hasta fallida entonación de su alocución. El concepto central de cambio me parece panfletero, manoseado y gastado. Ya se ha dicho mucho y por muchos. Encima de que fue su bastión de campaña ahora es su tema de discurso inaugural. ¡Qué desperdicio de oportunidad! Podía haberse lucido con un concepto más concreto de llamado a integración, a los complicados pactos que se necesitarán para afrontar las múltiples crisis (económica, ambiental, social). Aunque quiso incorporar el tema de la multiculturalidad usando el simbolismo del gran ciclo Maya a su concepto de cambio, me pareció  superficial y marketinero. Debía haber hablado de los valores de nuestros pueblos originarios, de su rica cosmovisión y de cómo iban a respetarse y a abordarse en su gobierno –a menos que no sea su intención.

Pero tampoco es que no se saque nada bueno del discurso presidencial. Aunque quedaron vagando en un mar de palabras, se habló de compromisos importantes, como el de seguridad y justicia, hambre cero, el Estatuto de Roma, y la corresponsabilidad regional contra amenazas como el narcotráfico. Una parte fundamental fue su abordaje del tema de la guerra y la paz. La necesidad de superar el pasado sin olvidar lo que pasó. La reconciliación social. Para  mí, ese era tema clave del discurso, debía haber brillado.

Y es que con todo y todo, aunque no hay mucho de donde agarrarse, uno quisiera pensar en positivo. A ver si los recién estrenados gobernantes entienden y asumen que tienen una oportunidad única. A ver si hacen realidad el simbolismo de quien dijo un 14 de enero de 2012 que su mayor deseo es forjar “la última generación de la guerra y la primera de la paz”.  Ver para creer.


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