Mónica Mazariegos

Fin del mundo

El dos mil doce abre los ojos. Estambul está gris, desvelada y friolenta. Entre el viento y la humedad se cuela hasta el alma la conmovedora quietud del Bósforo.

La ciudad no se detiene: pasos y voces  por aquí y por allá, el incesante vapor de los  barcos, los muecines llamando a oración desde los altavoces, los vendedores ambulantes disipando tibios aromas a castañas y elotes asados, mejillones, rosquillas dulces, pescado y pan.   Los bazares abiertos en una fiesta de colores, olores y un delicioso y anárquico griterío que, aunque no entiendo, me hace sentir en casa de alguna manera.

Se va el 2011, famosísimo por sus crisis, por el abismo de incertidumbre que abrió para (aún más) grandes masas ciudadanas en el mundo.  En el lugar donde nací, se habla del final de una era en diciembre del 2012, asociada al final de la cuenta larga del Calendario Maya.  Algunas  malas lenguas han concluido ligeramente que con ello llegará el fin del mundo, mientras otras dicen que en realidad el mundo ya se acabó; que hay que ir enterándose, pues. 

Y es que, en efecto, el mundo se acabó ya de algunas maneras, aunque de muchas otras renace increíblemente.  Hay una suerte de asombrosa implacabilidad en la vida, que la hace renovarse, así sea a empellones, con una obstinación capaz de abrir fisuras a cualquier cálculo matemático o económico, a cualquier barrera cultural e idiomática, a cualquier pronóstico de fatalidad.  Las miradas humanas nos lo cuentan en todos lados; en cualquier lugar del mundo: en el tranvía, en las chabolas, en las montañas, en las banquetas de las ciudades, en los desiertos.  Donde haya un turista perdido abriendo la boca, habrá un guía turístico solícito y con un perfecto inglés autodidacta para mostrarle la ruta de la felicidad; donde haya transeúntes hambrientos y con sólo diez minutos libres, habrá chiringuitos montados para venderles suculentas fritangas al instante; en cualquier bus o tren repleto de almas angustiadas, habrá otra alma ambulante vendiéndoles el “ungüento de la felicidad”, el “agua tapabocas” para evitar los chismes, el llavero navideño de la luz hipnótica y fluorescente, o los pañuelos desechables para secar las lágrimas, si no hay otro remedio.  Aquí mismo, a mi lado, una mujer aprovecha la coyuntura climática y el paso de los turistas que observan la actividad pesquera, para venderles una útil y simpática sombrilla.  En el 2011 he visto, incluso, vecinos organizados en barrera humana para paralizar desahucios por impago de deudas hipotecarias.  Sobrevivencia pura y dura.  Pan para la mesa.  Como decimos en Guate, donde caben dos, caben tres.  O donde caben cinco, caben diez. 

Puente Gálata.  Luces de colores y una bruma gris sobre el hermoso y melancólico Bósforo.  El día se acaba y yo me podría quedar aquí indefinidamente… estando, mirando, escuchando y tirando mis pensamientos hacia las aguas que a lo lejos veo unir Asia con Europa.  Entiendo entonces por qué Orhan Pamuk nos dice que la conexión con la vida, el espíritu y la fuerza de Estambul, le vienen del Bósforo. 

A mi lado, la comunión de una eterna fila de pescadores inmutables como estatuas bajo la suave llovizna, con su colección de cañas subiendo y bajando, me recuerdan que este mundo no para de girar, que mientras estas manos pescan, otras siembran, crean o fabrican; que nuestros pálpitos están sincronizados de alguna manera, y que nuestra existencia, mientras sea compartida en este mismo sitio, es recíproca aunque no lo parezca, porque lo que pasa en este extremo del mundo se repite y afecta inevitablemente a lo que pasa en el otro…   


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